Opinión

El zarpazo del oso ruso

El misil Kinzhal alcanza 2.000 kilómetros y vuela a 10 veces la velocidad del sonido sin mantener una trayectoria balística.

Alguno de sus muchos asesores debió indicar al santurrón de Barack Obama durante su Presidencia que “quien siembra vientos recoge tempestades”. Vladimir Putin acaba de hacerlo con el Kinzhal, su nuevo misil hipersónico de trayectoria no balística.

Resultaba obvio que el proyecto de escudo antimisiles norteamericano, que ha convertido a Europa en el chaleco antibalas nuclear de Estados Unidos, iba a provocar la inevitable reacción rusa, intensificando una guerra armamentística que nunca acabó, pero que bajó de intensidad desde que empezaron a firmarse los tratados de limitación de arsenales nucleares en los años 70.

Obama, que recibió el Nobel de la Paz por nada, el que iba por el mundo de pacifista dialogante, puso todo su empeño en terminar y tener operativo el escudo antimisiles, desplegando incluso algunos de los sistemas Aegis en España, embarcados en buques de guerra, lo que nos convierte, evidentemente, en blanco potencial de otro conflicto en el que no tenemos nada que ver y mucho que perder.

En realidad, aunque los rusos siempre parecen los malos de la película, han sido los norteamericanos los que, con el escudo, violaron y convirtieron en papel mojado el acuerdo ABM de limitación de misiles balísticos firmado en 2002. Si tenemos en cuenta que en 2010 rusos y americanos firmaron además un tratado de reducción de armas estratégicas que limitaba sustancialmente los arsenales, el escudo antimisiles, además de cargarse el tratado ABM, desequilibra la balanza del potencial nuclear mundial en perjuicio de Moscú.

Aunque el número de cabezas nucleares sea el mismo, ese escudo invalida gran parte del potencial ofensivo ruso y provoca un peligroso desequilibrio militar entre ambas potencias. A pesar de que poca gente se ha dado cuenta, un sistema de defensa tan completo nos acerca más a la guerra. Las nuevas armas anunciadas por Putin hace unos días lo demuestran.

El nuevo misil, presentado en sociedad la pasada semana, es capaz de burlar el escudo norteamericano, lo que significa tirar a la basura los miles de millones de dólares gastados para desarrollar el sistema antimisiles, a la vez que obliga a EEUU a invertir otro montón de miles de millones para inventar algo que sea capaz de interceptar al Kinzhal.

Es obvio que la industria armamentística de Estados Unidos tiene un peso en el Partido Demócrata similar al que la Asociación Nacional del Rifle tiene en el Republicano, pero lo que es poco serio es que nos pasemos el día culpando al oso ruso de dar zarpazos cuando somos nosotros, los occidentales, los que nos empeñamos en molestarle mientras está hibernando.


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