Opinión

El odio no se puede medir

La pasada semana hice un experimento entre varios conocidos a los que pregunté cómo creían que sería la sentencia en el caso de los ya conocidos miembros de “la manada” que supuestamente violaron a una joven durante las fiestas de San Fermín.

Como suponía, hubo un considerable número de respuestas vehementes, sobre todo las que condenaban directamente a los acusados para los que, tras numerosos insultos, se pedían penas tan crueles como variadas que incluían la amputación de sus atributos masculinos.

Más o menos lo mismo que vimos por la tele a las puertas del tribunal, aunque sin gritos.

En realidad, el experimento no iba sobre “la manada”, sino sobre el tipo penal del art.510 del Código Penal, el llamado delito de odio.

Personalmente creo que este tipo penal, al menos buena parte de él, es inconstitucional por cuanto coarta la libertad de opinión y de expresión.

Nos guste o no, tenemos derecho a odiar y, lo que es peor pero cierto, es que todos lo hacemos. Quizá se deba excepcionar a algún reducido grupo de seres humanos sublimes que esté libre de pecado, aunque yo no he conocido a ninguno en toda mi vida.

Además, la redacción del Art. 510, como demuestran los acontecimientos, ha provocado un previsible efecto contrario a lo que pretendía. Reprimir un sentimiento humano no lo hace desaparecer sino, por el contrario, contribuye a su propagación.

Este precepto del Código Penal se refiere “a los que públicamente fomenten, promuevan o inciten directa o indirectamente al odio, hostilidad, discriminación o violencia...” por razones que van desde la religión, etnia, grupo, orientación sexual, motivos racistas, ideología y un largo etcétera profuso y, en varios supuestos, confuso.

Porque la gran pregunta es cómo se mide el odio. Qué cantidad es la suficiente para convertirlo en delito o cuándo estamos ante una simple diferencia de opiniones, descalificación o insulto.

Mientras que para una persona el hecho de que la odien, descalifiquen, vejen o traten con menosprecio puede resultar irrelevante, para otra, un  insulto puede provocarle un estado psicológico de angustia.

Qué juez puede medir el impacto que todas esas conductas tienen en un tercero o, lo que es igual de importante, determinar cuándo esas son realizadas con la intención, el dolo, que las incluiría en el tipo del 510.

¿No hemos creado los propios medios de comunicación y muchas de las opiniones y manifestaciones aparecidas en la tele una animadversión hacia “la manada” cuando ni tan siquiera hemos sido testigos del juicio? Y si los acusados se sienten odiados, que sin duda se sienten, ¿no somos autores del delito contenido en el 510?

¿Qué me dicen del fútbol? Con el 510 en mano, los jueces podrían hacer una escabechina entre los aficionados a este deporte.

Y qué sucede con el apartado 3º de ese mismo artículo, que penaliza el negar, trivializar o enaltecer públicamente los delitos de genocidio, lesa humanidad, así como el enaltecimiento de sus autores. Estados Unidos lanzó dos bombas nucleares sobre poblaciones civiles en la II Guerra Mundial, en Irak matamos a más de 150.000 personas sin motivo alguno y nos podemos permitir el lujo de trivializar, negar o enaltecer el asunto porque no han sido calificados jurídicamente como delitos. De hecho, de estos tipos penales solo suelen ser culpables los líderes africanos derrocados y los países que pierden guerras.

En estas semanas he visto en numerosas ocasiones declaraciones con auténtico odio hacia los acusados de la violación de la joven en San Fermín, sin que a nadie parezca importarle el hecho de que aún no son culpables, y no me ha dado la impresión de que los que han proferido insultos, descalificaciones y amenazas contra ellos estuvieran cometiendo ningún delito.

Lo que me ha parecido es propio de seres humanos porque odiar es humano y lo que pretende el legislador, con bastante torpeza, es alcanzar el objetivo imposible de reprimir sentimientos. La creciente radicalización de la sociedad hacia ambos extremos demuestra que esto no funciona.

Odiar no se puede medir por lo que sancionarlo solo servirá para ocultarlo y permitir que crezca bajo la alfombra, como está sucediendo.


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