Opinión

La doble cara del desarme de ETA

Siempre que está ETA por medio, la información que facilitan nuestros gobernantes o está sesgada, o es parcial o, directamente, es mentira.

El anunciado desarme total de la banda terrorista no parece haber sido la excepción. Rajoy conocía desde el martes el anuncio de desarme (se lo dijo el lehendakari Urkullu) cuando, sin embargo, salió el viernes poniendo cara de don Rodrigo en la horca, exigiendo desarme y disolución de la banda.

Resulta interesante que todos los gobiernos, sin excepción, hayan negociado con ETA y algunos sigan insistiendo en que no lo han hecho a pesar de que les han pillado. En fin, teniendo en cuenta que todavía hay cretinos que siguen diciendo que había armas de destrucción masiva en Irak, lo del colegueo de nuestros gobernantes con los terroristas se queda solo en la categoría de fechoría infantil.

Sin embargo, el desarme de ETA suena más a necesidad logística que política, suena más a jugada de los terroristas para que les solucionemos la papeleta a costa del dinero del contribuyente, que a un objetivo serio de terminar con la agónica situación de la banda.

Si tuvieran intención de dar carpetazo al asunto, habrían anunciado su disolución definitiva, por lo que resulta bastante poco creíble que vayan a entregar todas las armas si piensan seguir con ETA activa. No tiene sentido; salvo que, de nuevo, nos encontremos con información falseada a la opinión pública porque el Gobierno haya negociado con los terroristas una hoja de ruta inconfesable para evitar sufrir una espectacular pérdida de electores.

Por otro lado, y como han advertido las fuerzas de seguridad, la mayor parte del material que contienen los zulos, armas, explosivos, cable, detonadores, está obsoleto o en mal estado. Los explosivos, después de años almacenados, serán inestables, muy peligrosos de manejar, por lo que parece que le va a tocar a nuestros artificieros tener que lidiar con ellos.

Además, los etarras temen que muchos de esos zulos estén vigilados y prefieren no acercarse a ellos, a los que hay que sumar aquellos de cuya existencia no sepan nada los pocos miembros de la banda que quedan en activo.

Por otro lado, los expertos en la materia están convencidos de que ETA no va a entregar las armas utilizadas en la comisión de atentados para evitar que les imputen más delitos.

Todo esto dando por cierto, aunque no exista motivo para ello, que las fuerzas de seguridad conocen perfectamente el inventario del arsenal de la banda y que ésta no se va a guardar ningún as en la manga.

Con todos estos datos, dudo mucho que exista una auténtica y definitiva intención de los terroristas de acabar con ETA y dudo también, y de nuevo, de que el Gobierno esté diciendo a los españoles toda la verdad.

Más aún, me da la impresión de que el paripé de gobernante enérgico que interpretó Rajoy esta semana exigiendo la disolución de la banda esconde un proceso oculto de lo que los colombianos han denominado justicia transicional en el caso del acuerdo con las FARC.

Por eso creo que continuará el proceso ya iniciado de suavización de las condiciones penitenciarias de los etarras presos, incluyendo el progresivo final de la política de dispersión. También me da en la nariz que los pocos miembros que quedan encontrarán formas facilitadas de reincorporarse a la vida normal, o bien desaparecerán mientras decae el ímpetu para perseguirles.

Todo ello, como siempre, entre esa opacidad histórica y habitual en las negociaciones de los terroristas con nuestros gobernantes. De hecho, cuando los políticos se refieren a que son temas en los que prima la discreción, están diciendo que lo van a ocultar a la opinión pública.

Si algo demostró gran parte del terrorismo del siglo XX es que fue una herramienta útil para forzar a un gobierno a sentarse a negociar pasando por encima de los cuerpos de las víctimas.


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