Opinión

Personaje "del momento"

Greta Thunberg en un momento de su discurso en la Cumbre para la Acción Climática.

Personaje "del momento” es el calificativo que más veces he leído tras el discurso ofrecido por la adolescente sueca Greta Thunberg en la Cumbre para la Acción Climática en la sede de Naciones Unidas. Y no es por casualidad.

Gran parte de la opinión pública, la que está encantada de conocerse y es plenamente consciente de que tiene la razón y de que los demás están equivocados, aplaude frenéticamente cualquier cosa que haga esta joven de 16 años que sabe sobre medio ambiente y cambio climático lo mismo que sabe cualquier adolescente de su edad. Es decir, bastante poco.

En un primer momento me sorprendió que a nivel mundial dieran tanta relevancia al irrelevante discurso que ofreció en Nueva York la también denominada “activista medioambiental”, aunque no me quede claro en qué consiste eso. No salía de mi asombro al ver cómo los grandes medios de comunicación internacionales se deshacían en elogios hacia un discurso simplón, cargado de tópicos y con las habituales recriminaciones hacia los mayores, propias de cualquier adolescente pijo malcriado que ha tenido la suerte de nacer en un mundo bastante mejor que el que encontraron sus padres.

Llegué a pensar, en realidad siempre lo he pensado, que la estupidez era contagiosa y que las redes sociales son el principal trasmisor de esta enfermedad planetaria que amenaza a la Humanidad tanto o más que el mismo cambio climático.

Sin embargo, la insistencia en lo del “personaje del momento” me ha llevado a pensar que los líderes mundiales se han fabricado una mascota. Cómoda, versátil, políticamente correcta y dirigida a una opinión pública infantil que vive a golpe de modas efímeras, de adorar a personajes “del momento” que, por su propia definición, son fugaces.

Siguiendo el modelo, también sueco, de Ikea, quienes realmente discuten qué hacer con el clima se han comprado un juguete desmontable al que la masa pueda admirar a través de las redes sociales y tener la sensación de que se está en el lugar correcto, defendiendo el punto de vista correcto y en el momento correcto antes de que ese breve lapso temporal se agote.

Y el truco está en que, mientras el mundo está admirando el vacuo discurso propio de una niña de 16 años, no está pasando nada que contribuya a responder a la gran pregunta: ¿qué vamos a hacer? Porque hay algo que es bastante cierto, Thunberg señaló con su dedo acusador y recriminó a todos los mayores el mundo que su generación está heredando pero, lo que son respuestas, no dio ni una.

Sin embargo, es comprensible que los jefes de Estado y de Gobierno reunidos ahora en Nueva York no quieran perder el tiempo con científicos de verdad que les saquen los colores, ni con esos otros activistas que convierten las calles en campos de batalla. Lo de Greta es más cómodo, más barato y más fácilmente olvidable para esa amplísima mayoría cuyo corazón late a golpe de la fugacidad de Twitter.

La emergencia climática es mucho más compleja que el esbozo realizado por Thunberg y no es cierto que exista esa unanimidad científica sobre sus causas, efectos y, sobre todo, modo de revertirla. Ni tan siquiera es seguro que podamos ya revertirla.

Más aún, posiblemente, si nos vemos avocados a soluciones drásticas para acabar con el cambio climático, también nos veamos abocados a conflictos armados de dimensiones catastróficas y es posible, al final, que ya no quede nada que salvar.

El tema es bastante serio y enormemente difícil de solucionar. Y no lo va a arreglar lo de llevar a una cría a decir tonterías en una cumbre internacional para que la opinión pública tenga un nuevo astro fugaz al que adorar hasta que pase “el momento” y la niña termine haciendo cameos en el reality de las Kardashian.


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