Opinión

Las nuevas brujas de Salem

El tenor español Plácido Domingo.

Desde que apareció el movimiento “Me Too”, consistente en señalar a famosos como acusadores sexuales ante los medios de comunicación sin demostrarlo en manera alguna, me he preguntado si los culpables de que se publique todo lo que tiene gancho, independientemente de su veracidad, es culpa de los avances digitales y, sobre todo, de las redes sociales.

En esta injusta dinámica que amenaza ahora con llevarse por delante a Plácido Domingo, no tengo claro si son más culpables los que acusan sin pruebas o los que publican sin pruebas.

Hasta que internet universalizó la difusión de información dejándola en manos de todo el mundo, lo del periodismo iba de aquello de cotejar la historia que llegaba a cualquier profesional del gremio. En aquellos años, cuando ni Twitter ni Facebook nos sometían a la dinámica de competir en noticiabilidad contra el resto del planeta, el principio básico en la actuación del informador era la desconfianza: si la historia es demasiado buena es porque no es cierta. Este principio esencial ha salvado de la injusta quema a muchos inocentes, y es cierto que también ha supuesto la absolución social de culpables en todos aquellos casos en los que, sabiendo con certeza que la información era buena, resultaba imposible demostrarlo.

Sin embargo, esta norma ha quedado tácitamente anulada en determinados temas considerados de “corrección política”, en los que ningún periodista parece sentirse obligado, ni tan siquiera moralmente, a demostrar lo que hace público. Seguramente sea el de Plácido Domingo el último de los casos que demuestra la degradación del periodismo.

Jocelyn Hecker, autora de la información difundida por Associated Press, se ha hecho eco de las acusaciones de acoso sexual contra el tenor español vertidas por 9 mujeres, de las que solo una ha consentido que se haga pública su identidad, la mezzosoprano Patricia Wulf, que ha asegurado que los episodios de acoso sexual de Domingo eran “un secreto a voces”. Lo que parecen olvidar tanto la supuesta víctima como la periodista es que un secreto a voces, sigue siendo un secreto.

Acusaciones realizadas, en los demás casos de forma anónima y sin prueba alguna, sobre hechos supuestamente ocurridos en los años ochenta, han puesto toda la carrera del tenor español en la picota y puede que hasta terminen siendo la causa de su postergación, como ha pasado en otros casos en los que destacados artistas han sido condenados mundialmente sin haber tenido siquiera la oportunidad de verle la cara a un juez.

En líneas generales, los regímenes occidentales que se jactan de su perfección democrática, empezando por Estados Unidos, se basan en la garantía de una serie de derechos personales que están protegidos por un sistema jurídico y judicial. Este sistema parte de principios tan esenciales como el de que corresponde al que acusa la carga de la prueba, que todos tienen derecho a defenderse en los tribunales de Justicia y en aquella última chorrada del juicio justo. Pregúntenle a cualquiera de los acusados por el “Me Too” qué oportunidad han tenido de ejercer alguno de esos derechos.

Sin seguridad jurídica, la democracia no existe.

Y si las “fake news” han abierto la veda a esta forma de actuar del supuesto periodismo serio, que permite publicar cualquier información en la que se pringue alguien que tenga tirón mediático, peor papel están haciendo aún esos mismos medios y sus directivos que, abocados a la perdida batalla contra las redes sociales, han sacrificado la búsqueda de la verdad por la cuenta de resultados.

Igual que las brujas de Salem fueron condenadas en 1692, Domingo y tantos otros lo están siendo unos cuantos siglos después de la misma forma.

Ello no implica que las denunciantes estén mintiendo, pero lo cierto es que sí parecen las únicas tocadas por la vara divina que permite acusar y condenar sin probar nada.

Si generalizamos la actual dinámica de hacer público lo que creemos cierto o lo que es simplemente mentira con la seguridad de quedar impunes, acabaremos redescubriendo el fuego y reinventado la rueda. Volveremos a empezar de cero.


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