Opinión

Un sistema naturalmente violento

Hasta el liderazgo dentro de los partidos españoles implica el ejercicio violento de expulsar a los que no son "de los míos".

Ahora que el Gobierno se pasa el día hablando de la vía del entendimiento con los secesionistas catalanes en un sistema político en el que todos los líderes se jactan de ser dialogantes, es interesante apreciar que, en la práctica, ni nuestro país ni nuestro mundo funcionan en base al entendimiento.

Por el contrario, es la violencia y la fuerza la que suele imponer su razón y su criterio.

El carácter ficticio del diálogo, parcela inseparable de esa otra fantasía que es la corrección política, se aprecia y constituye la base de nuestro sistema político, empezando por una Monarquía impuesta bajo el criterio de “sí o sí”. Y no vale el argumento de que la reinstauración de la Corona fue votada por los españoles en el paquete constitucional del 78. De haber separado Constitución y Monarquía en referéndums independientes, probablemente España sería hoy una república.

De hecho, el único que decidió el “sí” a un reino fue el general Franco, que colocó a un monarca siguiendo el democrático sistema de “porque aquí mando yo”.

Tampoco la España heredera del franquismo ha cambiado mucho y los actuales partidos mantienen las formas del general, aunque suavizadas por varias capas de barniz de esa corrección política: los liderazgos suelen imponerse manu militari e incluso los diferentes procesos democráticos de elección del sheriff del partido solo sustituyen el habitual aplastamiento del contrario por una larga y fratricida guerra de trincheras en la que se enfrentan “sanchistas” contra “susanistas”, o bien “sorayistas” ante “casadistas”.

Lo cierto es que el líder impuesto también impone a sus leales, su propia corte, desplazando a los que estuvieran aunque fueran de su mismo partido. A veces, precisamente, porque son de su mismo partido y si algo se saben los líderes de mentira que tienen los partidos políticos españoles  son las palabras de un moribundo Julio César: “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”.

Y si nos circunscribimos a nuestra joven democracia, son muchos los ejemplos que demuestran que el principal instrumento de nuestra política nunca fue el diálogo sino la violencia y, lo que es más grave, que suele vencer el que más violencia ejerce.

Quizá sea el caso del terrorismo de ETA el que más gráficamente demuestra esa realidad. Porque quienes repiten la cantinela de que los demócratas hemos vencido a los violentos, ni suelen ser demócratas ni vencedores.

Una victoria no se mide única ni principalmente en una renuncia expresa a seguir con el conflicto, sino a lo que se ha sacrificado en él, obtenido de él y, sobre todo, a cuánto te podías permitir perder. Los etarras ganaron, obligaron a todos los gobiernos de la democracia a negociar y, aún hoy, siguen consiguiendo prebendas penitenciarias de forma semioculta por parte de nuestros líderes, que siguen pagando servidumbres al nacionalismo vasco. ETA ganó a base de tiros en la nuca, de mutilaciones y de asesinatos indiscriminados. De violencia en definitiva, y los terroristas dejaron de ejercerla cuando les vino bien. Ni hubo aniquilación ni rendición del enemigo, que son las dos únicas formas de victoria.

Y aunque la tozuda realidad nos demuestra que esa victoria es para el más fuerte y cruel, seguimos empeñados en lo de fingir espíritu de diálogo hasta para decidir qué platos elegir del menú del restaurante.

Sólo la aplicación implacable del art. 155 hizo flaquear a los secesionistas catalanes frente al Gobierno central, mientras actualmente la situación es justo la opuesta. Precisamente porque en la intimidad de nuestra propia conciencia, donde no tenemos que disfrazarnos de grandes demócratas, seguimos viendo en el diálogo, en la mano tendida, un síntoma de debilidad que solo respetamos cuando en la otra mano blandes la espada.

Ser realmente dialogante, aceptar y someterse al criterio mayoritario con el que no estás de acuerdo o ser generoso con el vencido son virtudes que precisan de una cultura y de una calidad humana de la que carecen los líderes de este país. Aunque quizá es por eso por lo que son líderes.


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