Opinión

La opción "B"

Imagen de archivo de la guerra de 2014 contra Rusia.

Ucrania se equivoca al confiar en el apoyo de la Unión Europea en el enquistado conflicto latente que mantiene con Rusia desde 2014 y que ha llegado a una tensión extrema con el apresamiento por parte de los rusos de barcos ucranianos que navegaban por el Mar de Azov.

La apuesta que hace Kiev por Occidente es muy poco prudente, sobre todo con la experiencia de los acontecimientos que terminaron con la anexión unilateral de Crimea por parte de Rusia y con la pérdida fáctica de soberanía sobre una amplia zona del este del país, donde se encuentra gran parte de la riqueza minera del país.

Fuimos nosotros, Europa y Estados Unidos, los que pusimos Ucrania patas arriba creando las ficticias protestas del Euromaidán. Nos metimos en el patio trasero de Moscú y, obviamente, los rusos no iban a permitirlo.

Y, como tantas otras veces, cuando el oso ruso dio el primer zarpazo, salimos corriendo de Kiev y les abandonamos a su suerte, con el resultado que conocemos del que el apresamiento de los barcos con sus tripulaciones es solo el último capítulo.

De hecho, ante este último incidente entre ambos países, ni Europa ni EEUU han levantado demasiado la voz, quizá conscientes ya de que no vamos a ganar en Ucrania por la sencilla razón de que los rusos han demostrado estar dispuestos a luchar por ella, nosotros, no.

En realidad, este es gran parte del problema, nos hemos acomodado tanto que ya no estamos dispuestos ni a luchar ni a sacrificarnos por nada ni por nadie. Europa se ha vuelto tan indolente que si los carros de combate rusos llegaran hasta la Cibeles solo nos preocuparía que no la volaran para seguir celebrando allí las victorias del Madrid.

En nuestra UE solo se hacen sacrificios económicos, y los hace el ciudadano medio, pero ya no nos embarcamos en guerras, menos en otros países.

Es cierto que enredamos, como lo hicimos en Irak, Afganistán, Siria o Libia pero, en cuanto nos disparan los del bando contrario, nos quitamos de en medio, reducimos nuestra presencia a lo mínimo inevitable para que lo de salir con el rabo entre las piernas no resulte tan evidente, y dejamos patas arriba el país  que fuimos a salvar, normalmente sumido en un conflicto civil que se perpetúa en el tiempo.

Por esta razón y, sobre todo, por su posición geográfica, Ucrania tendría que volver a entenderse con Rusia antes de que Vladimir Putin termine de arruinarla a golpe de bloqueo económico por mar, para luego devolvernos la jugada provocando otra movida ciudadana o militar que termine con la instalación de un gobierno prorruso en Kiev. Resumiendo, devolviendo las cosas a como estaban.

Con todos los kilómetros que tiene de frontera con Rusia, con Crimea ocupada y la flota del Mar Negro fondeada en Sebastopol, entenderse en un mar tan pequeño como el de Azov, cruzando todos los días el Estrecho de Kerch condena a ucranianos y rusos a una buena vecindad o a una buena guerra.

Si Ucrania opta por la opción “B” hay dos cosas seguras: perderá la guerra y nosotros, Occidente, no haremos nada para evitarlo.


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