Milton

Mis años en la clandestinidad

Les digo una cosa, cuando veo en la tele lo de Cataluña, con los Comités en Defensa de la República cortando carreteras, quemando neumáticos o levantando las barreras de los peajes en las autopistas para pasar por el morro, me viene a la memoria la lucha revolucionaria de mi juventud.

Recuerdo en mis años mozos mi primera acción contra el capitalismo consumista, cuando me negué a pagar las cervecillas en el bar reivindicando el derecho universal y gratuito al zumo de cebada. Además me pasaron un cuentón de más de 30 cañas cuando, en realidad, me acuerdo de las primera veinte o así, pero a partir de ahí lo tengo todo confuso y hasta me sentí mareado; para mí que me echaron burundanga de esa.

Como comprenderán, después de aquello tuve que pasar a la clandestinidad y cruzar la delgada línea que separa a todo libertario del exilio. Por eso entiendo lo que debe estar pasando el bueno de Puigdemont.

De hecho, al igual que Carles, en ese momento pensé en partir hacia el extranjero pero, finalmente, decidí exiliarme en el bar de la acera de enfrente que me pillaba más a mano.

Sin embargo, el imperialismo represor te persigue y acosa, buscando siempre la destrucción ejemplarizante de los hijos de la libertad, por eso el camarero me increpó por la calle llamándome sinvergüenza y gorrón, algo que era totalmente falso. Yo no me hice un simpa para hincharme de cervecilla de gratis, fue un acto reivindicativo, como todos esos conductores que no han pagado el peaje en las autopistas catalanas. Todos revolucionarios.

Yo podría haber hecho lo que hace todo el mundo, pagar la cuenta en el bar. Sé que eso habría sido lo fácil, lo cómodo, pero algunos aún estamos dispuestos a luchar para cambiar las cosas.

Aunque no lo entiendan, cada revolucionario tiene su propio Waterloo, como Carles, con cinco dormitorios, tres baños, dos salones, parking propio y por solo 4.000 euros al mes en el centro mismo del pueblo.

De hecho, por solidaridad revolucionaria, me he estuve planteando exiliarme con él, pero cuando en la tele aparecen las imágenes de la casa no se ve ningún bar cerca y, como supondrán, no puedo abandonar las barricadas.


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