Milton

Una Valle de los Caídos borjamari

Disgusto más grande me he llevado al bajar a la playa y comprobar que la tormenta había arrasado el Beach Club que los borjamaris del mismo Majadahonda y alrededores utilizan como cuartel de verano.

Paseé entre los restos de lo que fue ese lounge Golden Mile Style de leyenda y aunque en cualquier otra parte del litoral podría ser un chiringuito vulgar y corriente, en mi barrio es santo lugar de peregrinación para todo aquel que vista bermudas, náuticos y polos que lleven en el pecho el logo de algún bicho muerto y la banderita de España en el cuello.

La naturaleza había castigado con furia el lugar, como una venganza divina que ha convertido en ruinas la Sodoma y Gomorra del pijoterío veraniego.

Ya no habrá más mojitos aguados a 16 euros, ni paellas descongeladas en microondas a 24 euros el plato. Se acabó lo de acodarse en la barra para fingir ser interesante mientras lanzas miradas lascivas a las voluptuosas camareras que, conscientes de su cuasidivinidad, llevan siempre cara de ir por la vida oliendo un limón.

No volveré a ver recortarse sobre la arena de la playa y con las últimas luces del crepúsculo, las esbeltas y jóvenes figuras de Jennifer y Vanessa, íntimas desde que iban al cole en Torrelodones. Siempre con esos sutiles vestidos blancos de lino que forman parte de la uniformidad veraniega de las borjamaris. Descalzas, con las sandalias en la mano en plan chic, mientras chapotean entre los charquitos que ellas creen que dejan las olas al ir bajando la marea, a pesar de que, en realidad, son aguas fecales del colector cercano.

Tantos momentos vividos que ahora esas mismas olas se llevarán a las profundidades del recuerdo irrecuperable.

Y embargado por esta nostalgia además de por mi banco, comprendí que este sagrado lugar también tendría que ser protegido y venerado por esas leyes nuevas de la memoria histórica como un lugar de devoción y culto, un Valle de los Caídos borjamari.

Me habría gustado clavar en la arena uno de los troncos y dejar ondeando en el otro extremo un polo de Lacoste, o de Ralph Lauren, para que nunca olvidemos a aquellos que juegan al pádel en el mismo club que los Aznar, conocen al portero de Olivia y pasan la Navidad en Baqueira. O sea, súper, súper ideales.


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