Milton

El "general invierno"

De nuevo, sometidos a las inclemencias del gélido invierno, los residentes de la Golden Mile nos enfrentamos al rigor de la nieve y a la implacable crueldad del “general invierno”.

Habituado a la dura supervivencia en el frío de tanto abrir la nevera para coger cervecillas, y aún siendo consciente de que Ronda se hallaba incomunicada por la nieve, decidí lanzarme a la aventura y acercarme a las rebajas de Puerto Banús.

Al poco de comenzar mi periplo, caminando penosamente sobre la vasta inmensidad de la Golden, sin perder de vista La Concha ante posibles aludes, fui atacado por un oso polar.

Por suerte, siempre que voy de caza en la nieve o de rebajas a Banús, llevo mi afilado arpón, con el que me disponía a ensartar a la bestia cuando, en de pronto, en sus rugidos pude adivinar mi nombre. Sin duda me conocía.

Dudé por un momento ante la posibilidad de que se tratara del interventor de mi banco que se había mimetizado con el entorno en un burdo intento de que le pagara los recibos pendientes de la hipoteca. O tal vez, esa bola de pelo blanco no era un oso polar sino una foca de Groenlandia, más gorda, pesada, fea y de movimientos torpes, aunque igualmente temible.

Efectivamente, se trataba de mi vecina Jennifer que se había puesto las pieles para fardar. No le arrancaba el coche y reclamaba mi ayuda. Sabía que los efectivos de la UME aún estaban liados en la AP6 y que la Guardia Civil seguía ocupada en la nevada carretera de Ronda. Tenía que ayudarla o podría perecer congelada en su vehículo.

Imaginen, con el deshielo de la primavera, que quedara al descubierto el Porche Cayenne blanco, convertido en ataúd, con el cuerpo fosilizado de la pobre Jennifer, y en medio de la Golden Mile. Qué vulgaridad. Claro que, por otro lado, con lo estirada que estaba a base de cirugía, no sería necesario llevarla al taxidermista y podríamos ponerla en la escalera, junto al magnolio.

Aparté estos negativos pensamientos de mi mente y acudí presto a ayudarla. Probablemente el vehículo estaba inmovilizado como los que vi por la tele en la autopista.

Le pregunté si había traído cadenas. Me dijo que siempre las llevaba; dos de Versace de gruesos eslabones y una gargantilla de Chanel, todo de 24 kilates. Aunque para mí que la de Chanel era más falsa que una moneda de tres euros.

Aunque elegantes, esos modelos de cadenas no servían para sacar el coche de la nieve. Yo sabía que estaba perdida, para Jennifer se acabaron las rebajas. Admito que pensé en darle un arponazo para terminar con su sufrimiento de forma rápida, pero no pude hacerlo. Atravesada por el arpón junto al magnolio no quedaría tan elegante.

Finalmente alcancé la parada de taxis del Marbella Club y seguí solo hacia las rebajas, asumiendo que la vida en la fría Golden Mile puede ser tan cruel y despiadada como lo es en la nevada tundra.


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