Milton

No era una Visa Temblorosa

Pues ahora que se me ha muerto de caducidad la Visa Temblorosa, llegan los de Abarca y Devora Ltd. Bank y, para liberarme del duelo, me dan una nueva tarjeta de crédito.

Los chicos de mi sucursal bancaria, siempre igual, dando una de cal y otra de cal. Ya ves, entregarme a mí una tarjeta de crédito, y en vísperas de Navidad. Es como encargarle al líder norcoreano la pirotecnia de la Feria de San Bernabé.

Claro, yo salí del banco como el que sale del concesionario con un coche nuevo, deseando hacerle kilómetros y rápidamente me puse en modo GPS consumista en la búsqueda de establecimientos comerciales donde pudiera adquirir objetos y servicios inmoralmente caros, innecesarios y, por supuesto, que no pudiera pagar, que es, al fin y al cabo, el concepto clásico del consumo.

Quizá les parezca excesivamente espiritual, pero los que residimos en la Golden Mile somos muy puristas a la hora de practicar el derroche cateto de nuevo rico. De hecho, siempre he pensado que debería ser disciplina olímpica.

En fin, volviendo a lo nuestro, ya con los primeros sudores y espasmos del síndrome de abstinencia consumista, entré en la primera tienda que encontré y pedí que me vendiera lo más caro. No recuerdo lo que era, aunque tampoco eso es importante, pero lo cierto es que, al ir a meter la nueva tarjeta en el tpv para pagar, le salieron unas patitas y echó a correr por la calle gritando “¡Visca Catalunya! ¡Votarem!”.

Maldición, no me habían dado una Visa Temblorosa sino una Mastercard Puigdemont. A ver cómo hago ahora para ir a buscarla a Bruselas, y en Navidad, con lo mal que está lo de los vuelos.


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