Milton

Un derecho inalienable

He leído un dato inquietante en un periódico que decía que España era el país del mundo con más bares por habitante y que, aún así, tocábamos a un bar por cada 175 españoles.

Sentí cierta congoja cuando pensé en la barra de una de las bibliotecas de las que soy habitual con 174 gentes, más yo, clamando por una cervecilla mientras los camareros se defendían golpeándonos con el palo de la escoba. Qué horror, apocalíptico, para incluir en el Código Penal el delito de aperitivo en riña tumultuaria.

Por suerte, mi enorme movilidad a la hora de cambiar de local me permite despistar a los otros 174 parroquianos con los que tendría que compartir mi espacio vital en un bar y suelo encontrarme locales medio vacíos en los que los dueños se quejan de lo malita que está la cosa, mientras los camareros raptan a la gente por las calles para obligarles a ser clientes y tener algo que hacer.

Por eso también me he preguntado si esa estadística es correcta, porque lo lógico sería ver por las calles nada más que a grupos de 175 personas dirigiéndose a su bar y lo más que solemos ver en Marbella es a puñaíllos de inglesas borrachas haciendo despedidas de soltera.

También he pensado que podríamos aprovechar las circunstancias en Cataluña y concederles la independencia en este punto. Que pudieran constituir su República de Bares de Cataluña y así los demás españoles seríamos menos habitantes por bar y nos tocaría a más cerveza por cabeza.

Es cierto que esto no soluciona el problema de la evidente falta de bares en España y que hace falta que, de verdad y de una vez, las Administraciones se impliquen en políticas transversales de accesibilidad a los bares para emponderar al sector y, ya que estamos, incluir en la próxima reforma constitucional el inalienable derecho de todo español a acceder cómodamente a la barra a pedir las cañas.

Esto es más importante de lo que parece pues sin ese reconocimiento expreso, se impide al camarero ejercer su legítimo derecho a maltratar al cliente y a no hacerle ni puñetero caso.

De hecho, si les digo la verdad, yo creo que la idea inicial de Puigdemont iba por ahí, pero luego se le fue de las manos y se armó el follón.


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