Milton

El chef famoso

Creo que me estoy haciendo mayor porque debo confesar que el otro día hasta se me saltaron las lágrimas viendo un programa de la tele.

Y no es que eso no me pasara antes, que cuando era joven, cada vez que salía Pamela Anderson en “Los Vigilantes de la Playa”, también me ponía muy sentimental y hasta arañaba y babeaba el televisor. Creo que siempre me he involucrado demasiado en la trama.

Pero ahora es diferente, porque fue viendo uno de esos programas de cocina en los que un chef famoso va a un restaurante a salvar del suicidio a un propietario fracasado y arruinado al que los camareros odian solo porque llevan siete meses sin cobrar. Desagradecidos.

Entonces llega el chef famoso y, en horario de máxima audiencia, llama inepto al dueño del local, muestra a toda España lo sucia que está la cocina y deja de incompetente al cocinero gordo que, siempre en segundo plano, le observa sin soltar el cuchillo de trinchar.

Después prueba algunos platos de la carta y describe ante la cámara lo repugnante que es lo que está comiendo, mientras trata a todo el personal con manifiesto desprecio y se mofa de la decoración del local.

Tras la publicidad, hace como una terapia de grupo con toda la plantilla para explicarles que ya no deben preocuparles sus patéticas y míseras existencias, que él, aunque resulte difícil creerlo, está allí para ayudarles.

Entonces, de la nada, sale un menú nuevo, le da una mano de pintura al restaurante, otra a los empleados y obra el milagro.

El local se llena de gente que está encantada de ir a comer por el morro y todos lloran y se abrazan, y se descubren a sí mismos, como si fuera la serie aquella de la Casa de la Pradera pero en el sector hostelero.

Es en esos momentos cuando a mí también me viene la vena sentimental y admito que me seco las lágrimas con el mantel de la mesa porque termina otro capítulo y el chef famoso sigue ileso.

Pero continúo rezando para que el chef famoso meta alguna vez las narices en un restaurante moruno regentado por una célula integrista para ver cómo les convence de que no triunfan por falta de empatía con la clientela.


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