Milton

El último en abandonar el barco

Aunque no suelo comentar estas cosas, debo confesarles que vivo mi heroica existencia con discreción, oculto en la sencillez del anonimato, y cuando se cruzan conmigo por la calle, no son conscientes de que se están cruzando con la versión marbellita del Capitán América.

Y esto me viene a la cabeza hoy por mi valiente actuación en los sucesos que acontecieron la madrugada del pasado sábado en el Puerto Deportivo, cuando nos sorprendió una virulenta borrasca que inundó rápidamente todo lo inundable.

Me encontraba casualmente en un bar del recinto reflexionando sobre la influencia de la teoría de la evolución en los procesos históricos y científicos cuando, en de pronto, cayó el diluvio universal. En pocos minutos, el agua empezó a entrar por ambas puertas y rápidamente llegó a cubrirnos hasta los tobillos.

Mientras algunos clientes empezaban a inquietarse, yo sabía exactamente cómo actuar, mi preparación militar iba de nuevo a salvarme la vida.

Siguiendo el protocolo de emergencias, correteé alocadamente en círculos por la pista de baile del local mesándome los cabellos y gritando “¡Vamos a morir, Dios mío. Vamos a morir!”. Algunos seguían bailando chapoteando sobre el suelo ajenos a la tragedia, aceptando la fatalidad de sus destinos, mientras otros se acodaban en la barra pidiendo las últimas copas.

Supe que había llegado el momento de enfrentarme a mis temores así que me acerqué al pinchadiscos y le pedí que pusiera la banda sonora de “Titanic” para luego decirle al camarero que sacara 1.052 cervecillas. Me preguntó si tenía dinero para pagar toda esa bebida. Evidentemente le contesté que iba a dar igual, en esas circunstancias era como exigir el curso de riesgos laborales a uno de Al Qaeda.

Y aún en esos momentos de desesperación me dispuse a cumplir con las obligaciones propias de cualquier oficial al mando de un buque en situación de naufragio. Primero debía poner a salvo a las mujeres y a los niños, como de estos últimos no había porque eran las tantas de la madrugada, me dispuse a rescatar a las damas, comenzando por las exuberantes y voluptuosas de taconazo de veinte centímetros con vestidos de ínfimo tamaño en finas telas que, al estar mojados, se trasparentaban totalmente.

Puesto que este tipo de náufrago que va escaso de ropa es el que más frío pasa, me dirigí a la valkiria más próxima para animarla a frotarnos el uno contra el otro y así proporcionarle calor corporal para evitar la hipotermia.

La joven me lo agradeció acariciándome con su mano la mejilla. Algunos testigos afirman que, en realidad, fue una guantá de libro de texto pero, pa mí, que la chica era de pueblo y algo bruta, y fue por eso por lo que me saltó los dos piños. Pero yo creo que la intención era buena.

Incluso los bomberos reconocieron mi valor en la noche de autos, cuando me encontraron sobre la barra, asido al grifo del barril de cerveza mientras el agua inundaba el local. Como cualquier capitán, en el puente y al timón. El último en abandonar el barco.


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