Milton

La fuga de los entrecots

Fíjense la cosa tan curiosa que me sucedió el pasado sábado, que celebramos en la pandilla un acto lúdico castrense de homenaje a los patronos San Miguel y Cruzcampo que incluía barbacoa y, cuando fui a coger unos entrecots brutales que había comprado, se habían ido.

En un principio pensé que podía habérmelos dejado olvidados en la nevera, que eso puede pasarle a cualquiera, pero como no soy cualquiera descarté esa opción.

Con mi habitual mente analítica repasé los hechos y recordé que el carnicero me había repetido con insistencia lo de que se trataba de una pieza de carne muy fresca. Reconozco que sus comentarios me confundieron porque, en realidad, lo de ser un pieza y un fresco, no eran más que mensajes subliminales que comprendí cuando, al preguntarle qué le debía, apareció el hombre en traje de luces, atrayendo mi atención con la muleta para clavarme la estocá.

Sin embargo, ahora entiendo que sus advertencias eran literales y que no fue mi imaginación la que me hacía oír mugidos que parecían proceder de los entrecots. Hasta le pregunté al carnicero si era normal que la pieza diera esos saltos y me explicó que se trataba de una ternera muy nerviosa. Entonces sacó un revólver del 38 que llevaba en el cinto y disparó varias veces contra la carne que quedó inerte sobre el mostrador.

Hombre, si hubiera sido yo y solo por cumplir con la legalidad, le habría dado el alto antes de aplicarle la antigua ley antifugas. Pero si se trata de ir a lo seguro, lo mejor es sin duda lo de disparar sin previo aviso a inocentes desarmados, que son menos peligrosos.

Sin embargo, y siguiendo con mi reflexión sobre lo acaecido el día de autos, recuerdo que, al meter la carne en la nevera, me dio la impresión de que desde el paquete salía una voz que pedía una chaquetita porque hacía fresca allí dentro, que eso ya me pasó cuando una Navidad se me olvidó el cordero en la bandeja superior y, años después, al abrir la puerta me suplicó que le diera cristiana sepultura.

Concluí pues, que eso fue lo que sucedió: Los entrecots, ante el manifiesto temor a sufrir el inquisitorial tormento a ser expuestos a las llamas para posteriormente ser devorados, huyeron. Les advierto de que históricamente a blasfemos e infieles siempre les ha pasado lo mismo, mucha boquilla, pero cuando ven la pira purificadora, pies para que os quiero.

Para mí que los entrecots están ya en Venezuela compartiendo apartamento con Osama Bin Laden.

Y en gran medida es culpa mía porque debí fusilarlos al amanecer antes de meterlos en la nevera. Un 38 no es calibre para una ternera nerviosa como esta que, además, en vez de mugir diciendo “mu”, decía “guau, guau”.

Seguro que era irlandesa y no gallega como Dios manda.


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