Milton

El final del verano

Llámenme sentimental, pero cada año me pasa lo mismo cuando termina el verano y se van los turistas. Queda siempre esa sensación de vacío, esa falta de sosiego que te entra cuando ni hay cola para entrar en La Cañada ni hace falta reserva para cenar en el Telepizza.

Y aunque cada verano veo venir este duro momento, admito que uno no termina de acostumbrarse a quedarse tan solo.

Ya no se escucho a los borjamaris discutiendo sobre quién ha pagado la copa más cara, se ha comido la paella más pasada o ha sido atendido por el camarero más desagradable. Y las calles se quedan medio vacías, sin alma.

Me percaté hace ya unos días, cuando pasé por la entrada de un club de playa de esos superfashion y habían quitado el cartel de “pobres por la otra acera”. Además, el portero con pinta de matón, casi me sonrió y creo que, aunque solo fue fugazmente, tuvo incluso la intención de abrirme la puerta por si quería pasar. Fue entonces cuando me di cuenta de que el verano se acababa y nuestros visitantes, guiris y borjamaris, regresaban al nido. Y eso, aunque es inevitable como la vejez, siempre duele.

Además, me fui a tomarme unas cervecillas a la biblioteca de siempre y los camareros volvían a reconocerme, me ponían la caña sin preguntar y hasta me llamaban por mi nombre, síntomas también inequívocos de que, o alguien había encontrado la vacuna contra el Alzheimer o se habían ido los turistas y había que soportar a la clientela de toda la vida a la que siempre se ignora en periodos vacacionales.

Hasta he llegado a ver anuncios en los que aseguran estar dispuestos incluso a alquilar apartamentos a seres humanos además de a turistas. Y nada de pagar por semana una cantidad inmoral de dinero, solo escandalosa.

Cuando estas cosas pasan y te tratan bien incluso en locales turísticos que te han ignorado durante todo el verano, te das cuenta de que hasta en los beach clubs, lounges y demás bares fashion tienen su corazoncito y necesitan que sea el de aquí quien les haga compañía y pague a 6 euros la caña para no sentirse solos.

Y los que somos en el fondo unos sentimentales, lo sabemos. La soledad del final del verano, pesa.


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