Milton

Un solo hombre

Visto desde fuera, mucha gente pensará que esto de vivir en Marbella es todo lujo y devastación, un Falcon Crest en plan cañí, aunque con mejor gusto a la hora de vestir que los personajes de la serie, que era pa’belos matao. Pues déjenme decirles algo al respecto: tienen razón, pero no es todo.

Lo realmente duro de vivir en una Smart city con marca turística internacional propia, además de encontrar aparcamiento y la caña a menos de 1,50 euros, es la soledad.

Porque cuando llegan estas fechas de ocio y asueto, en las que los borjamaris del mismo Madrid y alrededores nos invaden, los indígenas entramos en modo supervivencia.

Son días duros en los que el camarero que te pone las cervecillas todo el año ni se acuerda de ti; en tu restaurante habitual, el cocinero finge que no te ve y ni te sanciona tu vigilante de la ORA de todos los días porque lo de multar a turistas es siempre más entretenido.

Hablo de ese verano inhumano en el que, para entrar en Starlite o en Finca Besaya, los porteros te obligan a leer un texto con muchas eses para demostrar que eres un borjamari genuino y no un residente advenedizo entrenado para infiltrarte entre la jet. Antes te ponías los náuticos, el polo con la banderita de España y el jersey -que ellos llaman suéter- anudado al cuello y dabas el pego; pero desde que los profesionales de la seguridad tienen esas apps de reconocimiento que se bajan gratuitamente de la web del Ayuntamiento de Majadahonda, la cosa se ha puesto chunga.

Y uno se siente solo. Porque en mi grupillo de las cervecillas, conscientes de que en estos meses tenemos tantas posibilidades de supervivencia como un lince ciego cruzando la AP-7, nos dividimos en células independientes para que, si cae una, no arrastre a las demás. Lo aprendimos de Osama, que de joven estuvo varias veces veraneando en Marbella.

De esta forma, para saber si, azuzados por el fenómeno turístico, un determinado bar nos va a meter la estocá cobrándonos cantidades inmorales por sus bienes y servicios, enviamos a un solo hombre, en plan comando suicida, para de esta forma contener los efectos adversos de que te cobren precio turista y pringues para todo el mes.

Hasta hacemos un ritual en el que colocamos en la frente de quien enviamos a inmolarse económicamente a algún local fashion, una cinta blanca con el sol naciente, bebemos sake gritando “¡kampai!”, despidiéndole finalmente con una respetuosa reverencia.

Pocos son conscientes de la soledad a la que está sometido el residente infiltrado tras las líneas enemigas, cuando te encuentras en el beach club o en el lounge superfashion sin nadie que te cubra las espaldas, y el sonriente camarero te entrega la cuenta. Judas, traidor.

Y al ver los ocho euros la cervecilla no te tiembla el pulso y, con un golpe seco pero elegante, pones el billete de diez sobre la barra. No hay atisbo de duda en ti cuando, con voz condescendiente, como si lo hicieras todos los días, le dices al camarero que se cobre nueve.

Y sin siquiera apurar la cerve, porque a ti te sobra de para tomarte las cañas que haga falta, sales del beach sabiendo que tu sacrificio, el de un solo hombre, ha salvado de la quiebra a tus camaradas.

En esos momentos de soledad del guerrero, en territorio enemigo, siempre me encomiendo a los santos patronos y lanzo mentalmente el grito de guerra: “Por Cruzcampo y San Miguel, las cañitas a uno diez”.


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