Milton

El sobrino del mismo Madrid

A pesar de que los que vivimos en destinos turísticos somos gente especialmente dura, acostumbrada a la adversidad y entrenada para soportar con valor y abnegación las inclemencias provocadas por los visitantes, admito que lo de sobrevivir a los sobrinos del mismo Madrid requiere un grado de heroísmo del que carezco.

Es cierto que muchos mortales tienen sobrinos y primos, pero no son tantos los que los tienen del mismo Madrid y, además, en verano. Porque, aunque yo por entonces era muy pequeño, estoy convencido de que, cuando este país era como Dios manda y el invicto caudillo regía los designios del imperio, seguro que había algún decreto ley que prohibía que los primos y sobrinos lo fueran también en vacaciones. Al fin y al cabo, era la única forma de evitar la anarquía y el triunfo del diabólico comunismo.

Pues ahora no. Ahora que somos modernos y demócratas, los sobrinos del mismo Madrid llegan desataos. Se vienen a Marbella en agosto a pasar las vacaciones y hasta el caballo de Atila se echa a la derecha en la autopista para dejarles pasar. Porque, como en los Marines, ser sobrino del mismo Madrid no es ni un empleo ni una circunstancia sino una forma de vida, un destino inevitable al que jamás podrá sustraerse.

El sobrino del mismo Madrid no pasa las vacaciones, ni las disfruta, ni las vive. El sobrino del mismo Madrid las quema, se las chuta en vena y las consume como si se tratara de los batidos de viagra que reparten en los viajes del Imserso; o por qué se creen que están todos los vejetes locos por pillar lo del fin de semana en Benidorm.

Y una vez que pisa Marbella, el sobrino estalla como el tornado cuando toca tierra, y todas las copas son pocas y las pistas de baile pequeñas para contener a las fuerzas de la naturaleza. Recuerdo en un verano del pasado reciente que me crucé en Puerto Banús con un sobrino del mismo Madrid, titulado y dado de alta como autónomo, que cargaba a dos exuberantes valkirias eslavas a las que iba a llevarse a su gruta. Le advertí de que tal pretensión podría resultar ilegal, pero me contestó que, a lo mejor en Marbella, pero en Pozuelo y Majadahonda el botín de verano era una práctica lícita, una consuetudo legis tan válida como las patentes de corso concedidas por los británicos a sus bucaneros.

Claro, visto así la cosa cambia.

Además, el sobrino del mismo Madrid celebra la devastación como los vikingos, bebiéndose hasta el chorrillo de agua que cae del aire acondicionado en la discoteca, ese que ha filtrado el sudor de la masa pegajosa que brinca alocadamente por el local y que recoge la esencia de todo lo que hay de humano en un destino vacacional. Y eso, hay que admitir, es querer a la gente.

Así fue como comprendí que el sobrino del mismo Madrid no viene a destruir, sino a construir un nuevo orden en el que solo tienes que preocuparte de no tener hermanos en la capital de España para que esto no te pase.


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