Milton

Homeless

Otra consecuencia de haber vendido el Milton Palace es la de haberme quedado sin casa y, por tanto, me he convertido técnicamente en un homeless. Un hombre sin hogar, sin destino ni futuro, que vaga errante sobre la faz de la Tierra; aunque por el momento me he quedado por Marbella.

De acuerdo con mi nueva condición me dirigí a la Delegación de Servicios Sociales a reclamar mi equipamiento homeless homologado, incluyendo el carrito de supermercado lleno de latas vacías. Aunque comenté a la atenta funcionaria que no quería el que venía con su abriguito raído y el gorro con orejeras, sino que prefería el primavera-verano, el que trae el pantalón bermudas maloliente con las playeras a juego y la sombrilla agujereada de Cruzcampo.

Mi pretensión es vagar errante por el centro de la ciudad y el Paseo Marítimo y emplear mi marketing de “Má vale de pedí que de robá” para, apelando a la conciencia de los turistas, conmover sus almas y exponerles, mientras me invitan a cervecillas, la perentoria necesidad que tengo de que me cedan su segunda residencia para cubrir mi necesidad habitacional.

Por supuesto, tampoco quiero pasarme de exigente. Me arreglo con cualquier ático o chalé adosado en Guadalmina Alta, La Quinta o en primera línea de playa; si bien descarto los edificios en barriadas más populares que, aunque entrañables, no suelen tener piscina ni suntuosos jardines.

Otra opción es la tradicional de que alguna señora mayor con abultado patrimonio, partidaria del régimen económico matrimonial en gananciales y plagada de enfermedades mortales me instrumentalice para satisfacer su lujuria.

Y aunque algunos de mis muy alegres compañeros de cervecillas consideran que, a mi edad, es poco probable que suceda algo así, yo sé que, aún en mi desdicha como homeless, el amor puede triunfar.

Por cierto, no entiendo por qué los de Servicios Sociales no le ponen a los carritos estos un motor de gasolina con 6 cilindros en V, porque lo de los motorcitos eléctricos está muy bien para los modernos de tupé, barba y bicicleta, pero los sinhogar somos otra estirpe.


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