Milton

El dinero no da la felicidad

Les digo una cosa, en este tiempo que llevo apartado del mundanal ruido, dedicado a la introspección espiritual y a reflexionar sobre el sentido de mi existencia, he aprendido una lección importante: el dinero no da la felicidad.

Ahora lo sé porque recientemente he vendido el Milton Palace y me he quedado sin excusas para pagarle a la gente. A decir verdad, en un principio no me di cuenta, pero fueron pasando los días y me percaté de que el teléfono había dejado de sonar.

Con el transcurrir de las semanas la ansiedad se iba incrementando, sobre todo por las mañanas, cuando no me despertaban las habituales llamadas amenazándome con males inenarrables si no pagaba mis deudas.

Incluso, si escuchaba a alguien caminando por el pasillo, me quedaba esperando a que llamara a mi puerta para reclamar algo, lo que fuese. No sucedió.

Tras más de un mes decidí ponerme en contacto con mi sucursal de Abarca y Devora Ltd. Bank para hacerles notar que llevaban un montón de tiempo si llamar para insultarme, vejarme y advertirme de que podía sufrir un accidente si no les pagaba el descubierto de la cuenta.

El bueno de Mariano, abnegado interventor que junto a Cañete era quien normalmente me propinaba las palizas cuando me retrasaba en algún pago, me confirmó la terrible noticia: mi cuenta ya no estaba en números rojos, que fue como me enteré de que existen números de otros colores. ¿Y la hipoteca? Pregunté angustiado. Pagada, respondió Mariano. ¿Y los créditos pendientes, recibos devueltos, intereses de demora, tarjetas, facturas impagadas y las múltiples comisiones abusivas con las que la solvente banca nacional empobrece más a los más pobres? Todo pagado, insistió el interventor, hasta la comisión de “esto te lo cobro por el morro”, había sido satisfecha.

Fue entonces cuando el bueno de Mariano se vino abajo y, entre sollozos, me dijo la verdad: no tenía deudas.

Reconozco que, de alguna forma, yo lo sabía, pero no quería enfrentarme a la terrible realidad. Le pregunté a Mariano qué iba a ser de mí ahora y, con su habitual entereza, me animó a ser fuerte y a no sucumbir al pánico. Él mismo admitió que también había pasado malos momentos y noches en blanco al preguntarse ahora a quién le iban a aplicar las tácticas de interrogatorio de Guantánamo para obligarle a pagar; porque parias somos muchos, pero los maltratadores económicos no le pillan afecto a cualquiera.

Me han contado incluso que algún empleado de las listas de morosos intentó ahorcarse en el baño de las oficinas con su propia corbata al conocer la noticia de que ya no había motivos para amenazar mi integridad física. Dicen que solo sobrevivió porque la prenda se rompió al tratarse de un modelo cutre de H&M. Aunque puede que esto solo sea una leyenda urbana.

No obstante, aún hoy, en la monótona mediocridad de la solvencia, abro el buzón con la esperanza de que una notificación judicial, mandamiento de embargo o carta certificada advirtiéndome de mi aciago destino por los impagos, me permita, aunque sea por unos breves instantes, reencontrarme conmigo mismo.


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