Milton

Aunque no te lo agradezcan

Como cada 8M han sido muchos los que han estado prestos a sumarse a la manifa feminista, o a ponerse en huelga por la causa. Pero ninguno de ellos estaba en la trinchera años atrás, cuando pioneros como yo combatíamos en solitario por esos derechos que hoy se consideran irrenunciables.

Pocos son los que saben que yo fui de los primeros en poner en práctica un protocolo de trato igualitario entre sexos y cuando invitaba a cenar a una valkiria lo hacía solo nominalmente porque, al llegar la hora de pagar la cuenta, le exigía el 50% o, si la joven era especialmente reivindicativa, le permitía que pagara todo.

Con las copas, lo mismo. Cuando me tocaba a mí pagar la ronda pedía un par de cañas y, en el turno de ella, un whisky de malta de 12 años porque ya saben que la cervecilla, aunque redentora, cansa.

Por supuesto, si iba en mi coche a recogerla a su casa le pedía 30 euros. Pero solo para dejar claro que éramos iguales porque, si lo piensan, con bajada de bandera, la carrera, la gasolina, el seguro, el suplemento nocturno y el de fin de semana, yo creo que perdía dinero por ser un caballero. Y nada de agua mineral, que esto no es un Cabify.

Obviamente lo de abrirles puertas, dejarlas pasar o cederles mi abrigo si tenían frío, nada de nada. A un gran demócrata se le ve en los gestos.

Fueron muchas las que me mandaron a lugares inenarrables acusándome de descortés y grosero, sobre todo cuando les pedía 50 euros si accedían a quedarse a dormir en el Milton Palace, y eso que era con desayuno incluido y dejando la estancia antes de las 12 de la mañana.

Y así fue como aprendí que ser un gran demócrata implica sacrificio y luchar por los derechos de los demás, aunque no te lo agradezcan.


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