Historias de Municipales

"El Richard"

Andrés y Juan se habían detenido en la Plaza de los Naranjos durante su ronda vespertina y observaban el trabajo de tres operarios que, a duras penas, intentaban colocar en la fachada del Ayuntamiento un letrero de bombillas que rezaba “Feliz 1972”.

Puestos a elegir Andrés siempre prefería a Jorge como compañero, pero se encontraba a gusto con Juan. Tenía estudios y no parecía “estirao”, era listo y con sentido del humor, aunque estaba algo verde, probablemente porque la mili no era como antes.

- Enchúfalo- dijo el que estaba encaramado valientemente en una escalera con pinta de traidora.  Se encendieron todas las bombillas menos las que iluminaban el uno.

-Novecientos setenta y dos, otra vez contra Almanzor- dijo Juan. Andrés lo miró y sonrió.

En ese momento escucharon una voz jadeante a sus espaldas.

- ¡Guardias, guardias! - Se volvieron y Andrés reconoció enseguida a Ramón, un abuelo vecino suyo, y se preocupó porque le faltaba el resuello, señal inequívoca de que había llegado corriendo, algo inusual en alguien de su edad.

- Andrés - dijo mientras recuperaba el aliento- esta tarde un tío me ha quitado la cartera y ahora mismo lo he visto sentado con otros dos en las escaleras de la calle Arte.

- Está bien, toma un poco de aire. Descríbemelo y dime como va vestido.

- Tú tienes que conocerlo – afirmó el abuelo con seguridad-. Es ese tío que viste muy raro y tiene la cara un poco torcida.

- Te pegó.

- Me empujó contra la pared.

- Está bien, quédate aquí y espérame.

Andrés comenzó a andar a paso ligero, sin decir ni media palabra, en dirección a las escaleras que había comentado Ramón. Jesús, que tuvo que correr para ponerse a su altura le preguntó:

-¿Sabes quién es ese tío?

- “El Richard”, un “tontolava” al que le he dado más oportunidades que al “Platanito”

La cara de Andrés componía la expresión iracunda de la furia de los siete mares a punto de desatarse. Juan pensó que no le gustaría estar en la piel del tal Richard. Guardó silencio durante el paso ligero hasta llegar al final de la calle Trinidad.

“El Richard” estaba sentado de espaldas en las escaleras y no vio llegar a Andrés, que aceleró el paso en cuanto lo vislumbró, hasta llegar a su altura, y sin mediar palabra lo agarró de una oreja y lo levantó de su asiento sin soltarlo. Los dos subalternos que estaban sentados junto a él se levantaron de un brinco y efectuaron una salida supersónica de esas de “no mires atrás que algo te llevas, fijo”

-¿Qué haces? Suéltame -gritó Richard-. Yo no he hecho nada -volvió a chillar mientras colgaba de la oreja izquierda-.

 Andrés era más alto que él y lo mantenía de puntillas. Dado que los gritos del campeón estaban llamando la atención de los transeúntes decidió llevarlo por la calle Salinas hacia calle Pelleja en cuya pared se erige un pequeño altar a la Virgen.

La escena era Churrigueresca, un guardia con un rufián colgado de su oreja izquierda andando de puntillas cual bailarín de ballet y otro, que iba detrás recogiendo los ayes, mirando a su espalda de soslayo intentando hacerse invisible.

Andrés, que iba a soltarlo en el recoveco, frente al altar, con la Virgen mirando la escena, se arrepintió y lo hizo unos metros más adelante lejos de su inmaculada mirada.

 El Richard comenzó a tocarse la oreja izquierda como un poseso, asombrándose de que todavía estuviera en su sitio, cuando la voz autoritaria de Andrés le hizo dar un respingo:

-¿Dónde está la cartera?

- ¿Qué cartera? Yo no sé nada, la tienes tomada conmigo, no sé de qué me…

¡PLASSH! El bofetón le impidió terminar la frase y le hizo tambalearse. Era un tortazo de derechas, cuatro dedos, pulgar encogido, grado medio.

-¿Dónde está la cartera? –volvió a repetir sin inmutarse-.

- Te juro por mi madre que no sé de que me -¡PLASSH!- comenzó a balbucear asustado hasta que otro bofetón evitó que la terminara. Esta vez de izquierdas, cinco dedos, grado tres cuartos.

- ¿Dónde está la cartera? – siguió Andrés impertérrito.

El Richard, que se había colocado las manos en las mejillas y amagaba como los boxeadores malos para evitar el próximo sopapo, comenzó a gimotear. Te juro por lo que más quiero qué no sé nada, yo no he hecho nada, no me pegues más, por favor.

-Baja las manos- ordenó Andrés.

- No, que me pegas.

- Que no te pego, baja las manos- respondió en un tono más afable.

El Richard bajó las manos con más miedo que desconfianza, -¡PLASSSH!-. Guantazo de derechas, cinco dedos, cuatro quintos.

-Lo sabía-lloró-, sabía que me ibas a pegar.

- Si es que eres tonto, mira que te lo he dicho veces, además de malo eres tonto. ¿dónde está la cartera?- insistió Andrés otra vez con voz muy seria.

- Te he dicho que no sé nada, puedes matarme porque no sé nada- lloriqueó el Richard

¡PLASSH, PLASSSH, PLASSSH!, la lluvia de soplamocos de derecha e izquierda y diversos grados alternando con variadas posiciones de los pulgares hicieron que se tambaleara como un pelele hasta el punto que Juan, que hasta ese momento había permanecido convidado en la escena, decidió  parar aquello por considerar que ya era suficiente. Pero antes de que dijera una sílaba “el Richard” pronunció las palabras mágicas:

- Basta, te lo digo, no me pegues más – y aunque sonaron como las de una plañidera tuvieron efecto.

- ¿Dónde está? – preguntó Andrés con el mismo tono inalterable.

- La he tirado en una papelera de la Plaza Altamirano- contestó con las manos en las mejillas y encogido para reducir silueta, por si acaso.

- Vamos - ordenó Andrés agarrándolo del cuello de la camisa para evitarle el pensamiento de una posible huida.

“El Richard” los guió hasta la papelera en cuestión en cuyo interior se encontraba una cartera de piel de color marrón muy gastada. En su interior alguna documentación personal pero ni rastro de dinero. Andrés se maldijo en ese momento porque ni siquiera le había preguntado a Ramón cuánto dinero tenía cuando se la quitó.

- ¿Y el dinero? – preguntó Andrés con tono de amenazador enfado.

El Richard supuso que Andrés sabía la cantidad exacta que había en la cartera.- Sólo me quedan 100 pesetas. Las otras doce me las he gastado- contestó mientras se cubría el rostro con las dos manos esperando un sopapo que nunca llegó.

- Dámelas- ordenó.

Se metió la mano en el interior del pantalón y sacó un billete con la Fuensanta más triste que nunca. Encogido y acobardado se lo entregó a Andrés. Este volvió a levantarlo por la misma oreja, todavía como un pimiento morrón, y haciendo caso omiso a los ayes del quinqui le espetó amenazante -no quiero volver a verte.

Una hora después de devolverle el dinero a Ramón, Juan todavía reflexionaba en silencio sobre la intervención con “el Richard”, y al cabo de diez minutos preguntó a Jorge -¿no crees que deberíamos haber escrito alguna diligencia contra este tío?

Jorge esbozó un gesto de resignación y contestó -¿te parece poco lo que hemos escrito?

Ante la cara de asombro de Juan, Andrés prosiguió – No sé que os enseñan en la academia. A ver, ¿cuál es el objeto del Derecho Penal?

La pregunta pilló por sorpresa a Juan y sin darle tiempo siquiera a responder Andrés contestó,

- Proteger a la sociedad. Su misión principal es proteger a la sociedad. También decidir lo que es delito y la pena que se aplica a cada uno. Pero todo ello para proteger a la sociedad.- Mientras hablaba adquiría una actitud solemne que Juan no había visto antes. Resultaba gracioso. Juan decidió participar un poco en la conversación por ver hasta donde era capaz de llegar Andrés en sus argumentos.

- Estoy de acuerdo, pero lo que hemos hecho es decidir nosotros mismos que el tipo había cometido un delito y le hemos impuesto la pena directamente.

- Correcto- añadió Andrés- y Ramón tiene su dinero, bueno casi todo su dinero. Creo que es lo justo.

- Justo sí. Pero habría que ver si también es legal.

- Qué insinúas, que mi forma de escribir es ilegal, sonrió Andrés.

- No lo sé, pero en todo caso tengo que reconocer que el resultado ha sido correcto.

- Pues eso que no he puesto los acentos, con las prisas no me ha dado tiempo.

Los dos rieron.

 

Blas Romero, “El Platanito”, efímero novillero y matador de toros muy famoso en los años 60.

Cuadro de Julio Romero de Torres que ilustró los billetes de 100 pesetas desde 1953 hasta 1978.


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"Historias de Municipales" aspira convertirse en humilde homenaje a todos los que nos antecedieron. Pretende ser un signo de cortesía y respeto, aderezado con grandes dosis de admiración, a un trabajo llevado a cabo con mucho más ingenio que medios, con más talento que organización, con más inteligencia que preparación y con más razón que recursos.

Tampoco juzga, ni lo intenta, formas de actuar ni de intervenir, sólo desea contar trocitos de historias verdaderas en las que el parecido con cualquier coincidencia habrá sido pura realidad. Pedacitos de retales que en su momento nos ayudaron a ser mejores y nos hicieron sonreír.

Amado Ingelmo

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