Historias de Municipales

El muerto

Edificio Mediterráneo, en el Paseo Marítimo de Marbella.

- ¿Estás listo?- Preguntó Jorge.

- Un momento- respondió Andrés. Estaba escribiendo algo en una hoja que quería parecer oficial.

Andrés medía metro ochenta y cinco y pesaba más de noventa kilos. Fornido, con treinta años, era capaz de manejar a dos ingleses ebrios con el brazo izquierdo y razonar con ellos con el derecho. Pero escribir no era lo suyo.

La oficina de la Policía Municipal se encontraba en la planta baja del ayuntamiento, al fondo a la izquierda, como el váter en los bares, decía el bedel. Tenía casi treinta metros cuadrados, con dos mesas metálicas que debían estar allí antes de construirse el consistorio, y seis sillas antediluvianas. Presidiendo la sala, en la pared de enfrente, un cuadro del Generalísimo, y a su lado un crucifijo de madera. Una papelera de plástico y un perchero de cinco brazos, dos descoyuntados. Estancias austeras, "como las de Felipe II", decía siempre el Jefe.

- Listo - dijo Jorge mientras se levantaba de la silla. - vámonos - Andrés le siguió.

Caminaron por las calles del centro. Llevaban el uniforme de verano: pantalón, camisa de manga corta y gorra de plato, todo color albero.  Era una noche espléndida. El aroma a azahar lo impregnaba todo. Durante unos segundos permanecían sin hablar en una especie de ritual en el que ninguno quería romper la magia de un momento que duraba exactamente el trayecto del ayuntamiento al bar de Guillermo. Entraron.

- Buenas noches - saludaron.

- Buenas noches - contestó Guillermo de forma impersonal. Su saludo, siempre vacío, parecía las "gracias" de las cajeras de Galerías Preciados. Levantó la cabeza del periódico que estaba leyendo, tras el mostrador, y sin preguntar nada se dirigió a la máquina del café. No era el colmo de la simpatía, pero el café merecía la pena.

Andrés cogió el periódico de encima del mostrador. Un vistazo rápido y ya está, leído en el tiempo justo que tardaban en preparase dos cafés.

Jorge lo observó y sonrió.

- Podías ser igual de rápido escribiendo.

En la televisión, siempre encendida, el maestro de "Crónicas de un Pueblo"1 se quejaba al Alcalde de unas goteras en el tejado de la escuela.

-Me gusta.

- A mi también - añadió jorge-, pero tenemos que irnos. - Quedaba todo el servicio por delante.

La noche invitaba a pasear y aunque ellos lo hacían por obligación no lo parecía. Se notaba a la legua que disfrutaban haciéndolo.

Caminando por la carretera, a la altura de la calle Miguel Cano, observaron la figura inconfundible de un niño subir corriendo avenida arriba. Era Manolito, "el velas", llamado así por el adorno permanente que lucían sus fosas nasales con independencia del día y la hora. Llevaba una camisa de la OJE2 de invierno remangada por encima de los codos, pantalones cortos, que dejaban al descubierto sus rodillas maltrechas y apostilladas, y zapatillas de lona con agujero por el que asomaba la uña del  dedo gordo de cada pie. Se había convertido en el primer servicio de telecomunicaciones de la policía municipal. Si alguien necesitaba a la patrulla, Manolito se encargaba de localizarla donde estuviera, y con la rapidez de un GPS. Los dos sabían que el niño traía algún servicio.

- ¿Qué pasa, Manolito? - preguntó Jorge.

- El Sr. Juez, que vayan al edificio Mediterráneo - estaba mascando un "cosmos"3, y mientras hablaba se le escapaban unos hilillos negros entre la comisura de los labios.

- Un muerto - añadió - que tienen que ir a buscarlo.

La palabra muerto hizo que a Andrés le diera un vuelco el corazón. No es que tuviera miedo. Como él decía, era respeto, y los muertos le merecían todo el del mundo.

Lo habían hecho varias veces, una vez levantado el cadáver tocaba llevarlo al cementerio. Y eso tenían que hacerlo ellos.

- Manolito - dijo Jorge - vete a buscar a Miguel, que traiga el  "1.500"4.

Desde el momento que llegó el muchacho se había quedado hipnotizado mirando la pistola de Jorge. Incluso cuando hablaba lo hacía sin despegar la vista del arma, una "Star" del nueve corto "madeineibar", como decía Andrés. Dos meses antes el Alcalde había autorizado a la policía municipal a portar arma con la condición indispensable de que cada uno se pagaba la suya.

- Vale - respondió el zagal. Y se fue corriendo como había venido.

Al emprender la marcha hacia el edificio Mediterráneo5 , Andrés comenzó a sudar. El resto del camino hasta el edificio fue un velatorio. Llegaron. El conserje ni saludó.

- En la última planta - dijo-. Cuidado con el ascensor que está fallando -añadió-.

Lo que faltaba, pensó Andrés. Jorge ni se inmutó. Subieron en el elevador.

 Una vez arriba entraron en el único apartamento con la puerta abierta. En el salón vieron a Su Señoría, al Forense y a dos hombres muy bien vestidos que no conocían.

-Buenas noches, a sus órdenes- saludaron marciales.

- Buenas noches- Sólo contestó don Manuel, el Forense.  -Aquí tenéis, alemán, 43 años, paro cardíaco. Todo vuestro-. Y se marcharon los cuatro como si acabaran de dar la salida. Se quedaron sólos con el muerto tumbado en el sofá mirando al techo.

-Dio mío -dijo Andrés- ¿Has visto que pedazo de muerto?-. Cierto. Era enorme. Tumbado en un sofá de tres plazas, le colgaban las piernas por la otra punta. -¿Qué hacemos- preguntó Andrés muy preocupado.

-Qué vamos a hacer -contestó-, bajarlo en el ascensor y meterlo en el coche cuando llegue Miguel.

Puesto de pie parecía aún más grande. Medía más de dos metros y a duras penas consiguieron introducirlo en el ascensor. Una vez dentro, y aunque pegaba con la cabeza en el techo, debido a la rigidez cadavérica (estaba tieso como un palo), la única forma de colocarlo era de pie. Lo pusieron de frente, mirando a la puerta, sujetándolo por el pecho para que no se les viniera encima.

-Voy por sus efectos personales -comentó Jorge-. Andrés no fue consciente de que estaba sólo con el teutón hasta que la puerta del ascensor comenzó a cerrarse. Alguien lo había llamado en otra planta.

-Jorge, Jorge,  me cago en mi puta calavera, abre esto- gritó, primero con impaciencia y luego con angustia, mientras golpeaba la puerta con la mano izquierda. Con la derecha tenía que sujetar al muerto. Pero el ascensor comenzó a bajar. Paró tres pisos más abajo. Andrés sintió que volvía a respirar cuando se abrió la puerta. En ese momento vio a una señora con un vestido de flores y una correa en la mano izquierda con la que sujetaba a un perrito. Los dos permanecían clavados al suelo.Y ella parecía tonta, ¿Por qué no lo ayudaba?

Sin embargo, la escena que presenció la señora al abrirse el ascensor fue muy distinta: Un tío muy grande vestido de amarillo con una gorra y cara desencajada sujetando por el pecho a otro señor, aún más grande, que le sonreía amigablemente. El señor de amarillo le gritaba desesperadamente que por favor abriera la puerta. Y la puerta estaba abierta. ¿Por qué no salía? No entendía nada. Lógicamente la puerta volvió a cerrarse.

Pasados unos segundos el perrito reaccionó y comenzó a ladrar, aunque sin mucha convicción, sin moverse.

La señora continúo escayolada un poco más.

El ascensor volvió a descender inexorable. Andrés se sintió morir de nuevo.

-Y este tío, ¿Por qué no deja de reirse?- le faltaba el aire y le flaqueaban las piernas. Comenzó a sudar. Por si fuera poco el ascensor empezó a botar, como si bajara a fuerza de empujones. -Ay Dios mío, no me hagas esto- repetía una y otra vez. Seguía bajando. -¿Por qué tarda tanto este puto ascensor?- pensó.

El elevador pareció entender el insulto y botó con más fuerza. El corazón de Andrés luchaba por salirse del pecho.-Ay Dios mío- repetía una y otra vez. Mientras tanto el muerto se le venía encima cada vez más hasta el punto que Andrés optó por darle la espalda y empujar con la suya el torso del risueño "cabeza cuadrada bebedor de cerveza", como a él le gustaba denominar a los turistas alemanes. -Ay Dios mío queridito- otra vez.

El cadáver parecía querer calmar la angustia que le invadía y le puso los brazos delante del pecho, con las axilas sobre los hombros. -Ay Dios mío-. La cara de Andrés era un arco iris en tonos pálidos. De repente el ascensor se paró y la puerta comenzó a abrirse. -Tengo que salir- pensó obsesionado sin tener en cuenta que al moverse, el muerto, apoyado sobre su espalda, se iba tras él. Intentó hacerlo, pero los dedos de la mano derecha del alemán, debido probablemente a un espasmo cadavérico6, estaban endurecidos como garfios. Y se le engancharon en el cuello de la camisa. Andrés sintió un tirón hacia atrás. -¡AAAGGG!- dijo, y pensó -Dios mío, otra vez no-. Quiso gritar, pero la opresión y el miedo le impidieron hacerlo. A duras penas consiguió salir del ascensor con el muerto colgado del cuello de su camisa.

En ese momento apareció Miguel en el rellano de la escalera y lo único que vio fue a su compañero intentando escapar de un tío que quería ahogarlo por detrás con su propia camisa.

Raudo sacó su defensa y mientras gritaba -suéltalo hijo de puta- comenzó a sacudirle a diestro y siniestro con más miedo que conocimiento. -Alguien que es capaz de hacer huir a Andrés de esta manera debe ser muy peligroso- pensó.

- ¡AAAGGG!- dijo Andrés llevándose las manos al cuello cuando por fin lo soltó.

- ¿Estás bien, estás herido?- preguntó Miguel preocupado.

- ¡AAAGGG!- respondió Andrés.

- Ya pasó- le tranquilizó Miguel mientras se dirigía al agresor. -Pon las manos en la espalda- ordenó en castellano al muerto alemán que se encontraba en el suelo en posición decúbito prono y sin parar de sonreír. Por cualquiera de las dos razones no obedeció. No obstante, Miguel le colocó las esposas a la espalda, pero se extrañó de tanta inactividad por parte del atacante y comenzó a preocuparse. -Arriba- ordenó. Ni caso. No se movía. Se preocupó seriamente.-A que lo he matado- dijo poniéndose muy nervioso. Intentó tomarle el pulso en el cuello mientras él lo miraba risueño.-Míralo, lo he matado, joder, lo he matado- añadió descompuesto.

Andrés, que ya podía articular alguna palabra dijo en voz muy baja -está muerto-.

- Ya lo sé joder- gritó Miguel. -Una ruina, me he buscado una ruina-, lloró.

- Que no, que está muerto- repitió Andrés.

- Ya lo se, coño!!!- volvió a gritar Miguel desesperado. -Una ruina, me he buscado una ruina- repitió entre sollozos.

- Que no, que ya estaba muerto- acertó a decir Andrés. -Es el que venías a buscar-.

Miguel lo miró incrédulo y se derrumbó sentándose en la escalera. No entendía nada.

Jorge había bajado precipitadamente por la escalera oyendo los gritos de desesperación de su amigo. Dos plantas más abajo, esperando el ascensor, observó a una señora floreada con un perrito extrañamente quietos, como si fueran de adorno.

Llegó sin aliento a la planta baja, y allí estaban los dos. O los tres, según se mire. Andrés de pie, con la cara de quien acaba de enterarse de que su mujer le engaña. Miguel, con el rostro fuera de sí, sentado en la escalera mascullando entre sollozos algo de una casa en ruinas. Y el muerto en el suelo, decúbito prono, con las manos engrilletadas a la espalda y con la expresión en el rostro de haberse corrido la juerga de su vida. O de su muerte. Andrés lo miró, con gesto duro como Jorge no había visto antes, y apuntándolo con el dedo índice a la cara, sentenció -No digas nada. No preguntes nada-.  No lo hizo, no lo haría ni por todo el oro del Perú.                                         

Dos horas después caminaban en silencio. La calma y quietud que transmitía la ciudad de madrugada hacían que ese silencio, tantas veces grato, se hiciera más incómodo a cada paso.

Unos metros más adelante, en la acera, un gato negro aburrido los observaba indiferente.

- ¡Saaape!- dijo Andrés mientras daba un pisotón en el suelo. El felino dio un respingo y desapareció. 

- No sabía que fueras tan supersticioso- bromeó Jorge.

- Yo no soy supersticioso- contestó Andrés, -trae mala suerte-.

Los dos rieron como si hubiesen deseado hacerlo durante toda su vida.

1. Famosa serie de televisión dirigida por Antonio Mercero emitida en España de 1971 hasta 1974.

2. Organización Juvenil Española, creada en 1960.

3. Chicle de color negro con sabor a regaliz muy popular en los años 70.

4. Modelo de la marca Seat de gran aceptación en las décadas 60 y 70.

5. Edificio de 14 plantas situado en el actual paseo marítimo y construído el año 1.963

6. Endurecimiento muscular que ocurre en el momento de la muerte, normalmente en las manos


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"Historias de Municipales" aspira convertirse en humilde homenaje a todos los que nos antecedieron. Pretende ser un signo de cortesía y respeto, aderezado con grandes dosis de admiración, a un trabajo llevado a cabo con mucho más ingenio que medios, con más talento que organización, con más inteligencia que preparación y con más razón que recursos.

Tampoco juzga, ni lo intenta, formas de actuar ni de intervenir, sólo desea contar trocitos de historias verdaderas en las que el parecido con cualquier coincidencia habrá sido pura realidad. Pedacitos de retales que en su momento nos ayudaron a ser mejores y nos hicieron sonreír.

Amado Ingelmo

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