Historias de Municipales

El tipo era un imbécil

El tipo era un imbécil. Pero no uno cualquiera. Si existiera un aparato capaz de medir la  imbecilidad habría que inventar otro ante la imposibilidad de calibrar tanta tontería.

Eran las dos de la mañana cuando Juan y Antonio llegaron a la  rotonda de entrada en Puerto Banús, esa en la que ahora pace un “Rinoceronte vestido de puntillas”, y se encontraron al imbécil y su acompañante “aparcados” en el centro de la misma, con las ruedas delanteras del vehículo destrozadas con el bordillo y el lado izquierdo totalmente abollado por haber rebotado contra lo que hasta ese momento era un olivo. Ambos ilesos, pero el estado lamentable en que se encontraba el cretino hacía indicar que se había bebido la cosecha del año.

- Mira quién es- dijo Juan con fastidio que se tornó en preocupación al recordar que “Borja Mari”, como era conocido por la mayoría de municipales con los que había tenido más de un “encuentro”, era un “amigo” de Antonio.

- Ya veo- dijo Antonio con una expresión de felicidad en el rostro cercana al éxtasis.

- ¿Qué te pasa?- se preocupó Juan ante tal manifestación de bienestar - ¿que estás tramando?

- Absolutamente nada – respondió sin dejar de sonreír.

Aunque llevaba varios años residiendo en Marbella, “Borja Mari” era llamado de tal modo porque, más que dar el perfil, fabricó el molde: “dícese del que viste pantalones vaqueros de color, zapatos tipo castellano o náutico, camisa de marca, remangada, jersey de punto, también de marca, delicadamente depositado sobre los hombros con las mangas anudadas por delante y que viene de Madrid o alrededores a pasar las vacaciones a  Marbella con la intención de estacionar su vehículo donde y como le salga de las narices ‘porque usted no sabe con quien está hablando’”.

Nada más salir del vehículo quejándose del que había colocado ese árbol en tan inapropiada ubicación, “Borja” reconoció a Antonio, y, aunque tambaleándose, no se sabe si por el accidente o por los efluvios de Baco, comenzó a lanzar improperios que superaban con creces los incluidos en la definición de tan poético nombre. Entre ellos cabe destacar alguno que terminó por convertirse en clásico: “te voy a quitar el uniforme”, “te pago el sueldo con mis impuestos”, y un amplio etcétera del que excluyo  los insultos por no ser dignos de comparecer en la presente.

Antonio no dejaba de sonreír mientras informaba a “Borja Mari” de las diligencias que se iban a efectuar contra él por insultos y por negarse a realizar la prueba de alcoholemia. Juan no entendía nada.

Varios días más tarde tuvo lugar el juicio de faltas por insultos contra “Borja Mari”, en el que comparecían como testigos Juan y Antonio. Para Juan no suponía nada más que otro de tantos a los que había asistido. Pero la expresión casi mística de Antonio parecía la de San Juan de la Cruz subiendo el Monte Carmelo. Y eso lo tenía mosca desde el día del accidente.

Ni siquiera sentados en el banquillo de los testigos, entre la abogada defensora de “Borja Mari”, el fiscal a la derecha y, de frente, su señoría y el secretario, se le borró la sonrisa. Más bien parecía que le aumentaba. Hasta el juez, que conocía a Antonio de sobra, notó que algo estaba pasando.

El juicio comenzó y por número de carné profesional su señoría ordenó a Antonio que relatara  los hechos.

- Llegamos al lugar del accidente sobre las dos de la mañana- comenzó a hablar un sonriente Antonio- y observamos como el conductor salía del vehículo con evidentes síntomas de embriaguez, sin embargo la prostituta que lo acompañaba no había bebido nada.

La palabra prostituta sonó como un trallazo en mitad de la sala. Al silencio sepulcral que permaneció durante unos segundos en la estancia le siguió una mirada furibunda de su señoría a Antonio que fue recibida por este con la habilidad de los buenos futbolistas: la paró con el pecho y la jugó por abajo. Cortita y al pie. El fiscal levantó la cara y miró a la abogada defensora esperando que saltara la mesa y sacara los ojos a alguien con el bolígrafo. Esta, sin embargo, se limitó a morderse los labios sin dejar de mirar a su marido, “Borja Mari”, el cual se había encogido de tal manera en el banquillo que amenazaba  con desintegrarse dentro de su remangada camisa de marca.

En ese instante Juan cayó en la cuenta de que la abogada defensora del imbécil era su mujer. Esa era la jugada de Antonio, el muy canalla.

Semejante ambiente hizo que el proceso se alterara de forma que el juez ni siquiera quiso saber nada más sobre los hechos y cedió la palabra a la abogada, no sin cierta preocupación.

- Dice usted que la acompañante era una prostituta- preguntó la abogada. Ni que decir tiene que los insultos, motivo por el cual se estaba celebrando el juicio, pasaron a importar un carajo. Antonio estaba disfrutando - no, no lo era, lo es. Y ya ve usted, que no es una belleza ni nada parecido. Buena persona, eso sí, pero poco agraciada y con escasa elegancia. Además, sus tarifas son de las más…

- No son necesarios esos detalles- cortó su señoría alzando la voz muy enfadado.

- Yo sí quisiera saberlo - dijo la abogada muy seria dirigiéndose a su señoría con la mirada desafiante de quien está dispuesto a morir matando. Qué sea lo que Dios quiera, pensó el juez resignado.

- Continúe- dijo la abogada.

- Como le decía, sus tarifas son de las más asequibles de la zona: dos mil pesetas una felación y tres mil un coito.

- Parece tener usted mucha información sobre estos temas- añadió maliciosa.

- Mucha no. La tenemos casi toda. Después de tantos años de servicio por la noche conocemos a todo el mundo. Por cierto, el nombre profesional de la cortesana es Sarita.

 Borja Mari daba lástima. Ese brazo de mar tantas veces desatado luchaba por hacerse invisible. A escaso medio metro de su mujer temía que esta alargara el brazo y le arrancara la nuez de un zarpazo.

- Te juro que sólo la estaba llevando a su casa- acertó a balbucear con el hilillo de voz que aún le quedaba.

- Cállate- gritó su mujer de tal manera que hasta el juez dio un respingo en su sillón.

En vista del cariz de los acontecimientos y de que todo el mundo hablaba sin su permiso, su señoría consultó con el fiscal y ambos estuvieron de acuerdo en dar  por finalizada la vista antes de que el rosario de la aurora pareciera un velatorio comparado con lo que estaba por venir. Sin dejar que los dos testigos salieran señaló a Antonio, -Usted, pase a mi despacho-, ordenó más que enfadado.

Todo el juicio pasó como un flash delante de Juan, como una escena surrealista que no se sabe si ha sido verdad o fruto de la imaginación. Lo último que recordaría de aquella mañana fue la cara de Antonio rebosante de satisfacción y una mezcla de gozo y complacencia instantes antes de entrar en el despacho de su señoría.

- Pero qué pedazo de cabrón- sonrió.


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"Historias de Municipales" aspira convertirse en humilde homenaje a todos los que nos antecedieron. Pretende ser un signo de cortesía y respeto, aderezado con grandes dosis de admiración, a un trabajo llevado a cabo con mucho más ingenio que medios, con más talento que organización, con más inteligencia que preparación y con más razón que recursos.

Tampoco juzga, ni lo intenta, formas de actuar ni de intervenir, sólo desea contar trocitos de historias verdaderas en las que el parecido con cualquier coincidencia habrá sido pura realidad. Pedacitos de retales que en su momento nos ayudaron a ser mejores y nos hicieron sonreír.

Amado Ingelmo

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