Editorial

Ambicioso, débil y, por tanto, peligroso

Pedro Sánchez con sus ministros en la escalera de La Moncloa, el pasado viernes.

Hay que admitir que, a tenor de las primeras decisiones que está tomando el nuevo Gobierno, la incertidumbre ha pasado a convertirse en congoja y que solo la estupidez de lo del Consejo de “ministras y ministros” se antoja como una de la habituales banalidades socialistas que, por lo menos, no parece peligrosa para el futuro del país.

Sin embargo, la irresponsabilidad de levantar el control previo sobre las finanzas de la Generalitat, aun siendo el pago por el apoyo independentista a la moción de censura de Pedro Sánchez, hace temer que solo acabemos de empezar a pagar el precio de la ambición del líder socialista.

Y aún preocupa más que un Gobierno tan débil como hipotecado haya planteado ya una reforma constitucional solo por satisfacer a sus socios en esta insensata aventura. Sobre todo porque lo que pretende el nuevo presidente no es posible: no existe forma humana de trocear España y mantenerla pegada con tiritas solo para que Sánchez juegue a ser presidente, que es lo que ha hecho hasta el momento.

Hay dos cosas de las que somos conscientes la mayor parte de los españoles: De que el anterior Gobierno carecía de legitimidad moral y de que el actual carece de legitimidad democrática. El problema es que el de ahora también parece carecer de sentido común.

Sánchez sabe muy bien que está jugando a perder, que los independentistas catalanes no van a ceder y que sus desesperadas ofertas de diálogo son interpretadas por estos y por los vascos como lo que realmente son, síntomas de debilidad. Sabe que Podemos también aprovechará esa debilidad para cobrarse su apoyo y que, unos y otros, solo aspiran a hacerse con tantos trozos como puedan de esa pieza abatida que son hoy España y los españoles.

Un presidente débil, ambicioso y con capacidad de decisión solo necesita que alguien le acerque una cerilla a la mecha para que provoque un desastre.

Hasta el brazo político de ETA, que apoya al nuevo Gobierno, puede permitirse fantasear con la reconstrucción del “conflicto vasco”, e incluso podría animar a los que hace pocas semanas trataron de conseguir impunidad con la promesa de no seguir matando. Veremos si al final no alcanzan su objetivo.

Gobernar así, aliándose con los que quieren acabar con el país que se pretende gobernar, es una temeridad incuestionable y rezuma un preocupante afán de alcanzar el poder y de perpetuarse en él a pesar de lo que digan las urnas.

Pedro Sánchez es solo una circunstancia pero, cuando pase el llamado “efecto Moncloa” en las encuestas, el PSOE pagará por esto durante mucho tiempo.


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