Editorial

Así no se juega

La firma del presidente de los EEUU se ha devaluado tras el abandono del acuerdo nuclear con Irán.

Importante paso atrás ha dado la credibilidad internacional de Estados Unidos con la decisión del presidente Donald Trump de abandonar el acuerdo nuclear con Irán y volver a la trasnochada estrategia de las sanciones y los embargos.

Ni el Derecho Internacional Público, ni las mismas relaciones internacionales funcionan así. El mundo no puede quedar a expensas de unos países que se portan como niños caprichosos eternamente malhumorados que abandonan las reglas del juego cuando más les conviene.

El comportamiento infantil de Trump tiene un precio que va más allá de la legislatura: la credibilidad de los Estados Unidos para respetar sus compromisos y para cumplir lo que acuerda. Después de esto, la firma del presidente de la nación más poderosa de la Tierra se ha devaluado a tanta velocidad como la moneda de una república bananera. ¿Quién firmará un contrato con alguien que lo incumple cuando le viene en gana solo porque cree que quedará impune?

Es cierto que la ONU no tiene un juzgado donde los países puedan demandar a los incumplidores de los acuerdos internacionales, y su capacidad sancionadora en estos casos es muy limitada ante la mayoría de los países e inexistente ante los miembros permanentes del Consejo de Seguridad, sin embargo es precisamente Irán, el supuesto país paria, el gran beneficiado por la salida de tono de Washington.

El Gobierno de Teherán aparece como un interlocutor serio, un país “de palabra” que cumple con lo acordado. Y lo ha hecho respetando lo firmado en materia de desmantelamiento de su programa nuclear, tal y como han confirmado en todas las inspecciones los expertos del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).

Somos europeos, rusos y chinos los que estamos tratando estos días de convencer al ministro de Exteriores iraní de nuestra intención de mantener vivo el pacto, aunque solo somos nosotros, los europeos, los que lo hacemos con la boca más pequeña, conscientes de que Trump puede obligarnos a seguirle en su alocada carrera hacia el desastre.

Es cierto que el acuerdo nuclear no era el mejor del mundo, pero hay que reconocer el esfuerzo realizado por Barack Obama para lograrlo. Siempre es mejor el 10% de algo que el 100% de nada.

No obstante y a pesar de todo, es poco probable que el Gobierno de Teherán retome el enriquecimiento de uranio, pero también lo es que abandone su programa de misiles, al que, por otro lado, tiene el mismo derecho que cualquier otro país siempre y cuando la carga de guerra sea convencional.

Desde luego, los grandes beneficiados vuelven a ser los dos principales protegidos de Washington en la zona: Israel, que parece abominar de cualquier esperanza de estabilidad que la aleje de una permanente economía de guerra y, el segundo, Arabia Saudí, donde deben estar frotándose las manos pensando en el dinero que le van a sacar a la cuota de extracción y venta de petróleo que corresponde a Irán en el reparto de la OPEP.

Aunque lo peor de todo es que es ahora justamente el mismo presidente Donald Trump el que da la razón a los iraníes en su intento por hacerse con el arma nuclear. Corea del Norte la tiene, está operativa, parece capaz de alcanzar territorio de los EEUU y ha logrado sentar a Trump en la mesa de negociaciones. Bueno, salvo que este hombre también la fastidie en el último momento, cosa que parece probable.


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