Editorial

#MeToo y #MeNo

El productor Harvey Weinstein

La Gala de los Globos de Oro se convirtió anoche en otro de esos eventos superpijos de Estados Unidos preñados de gestos y símbolos donde los privilegiados del mundo del cine muestran ante las cámaras su indignación por lo que toque ese año.

Porque las calamidades y desastres también son prêt-à-porter, se ponen de moda y pasan al fondo de armario con igual rapidez.

Ayer, el mundo de Hollywood no se acordó de Siria, ni del trabajo infantil o de la inmigración desde México, ayer tocaba la denuncia de acoso y abuso sexual que parece haberse puesto de moda entre las más conocidas actrices norteamericanas.

Por supuesto, el afamado productor y acosador sexual, Harvey Weinstein, que hoy tiene en su mundillo tanta proyección como Sadam Husein en el Pentágono, fue la bestia negra de la gala.

Las actrices se vistieron con trajes caros y negros para denunciar lo que, según dicen, ha sido una constante en el mundo del cine a pesar de que, sorprendentemente, solo han empezado a hacerlo público cuando ya han conseguido fama y fortuna.

Las denuncias ante medios de comunicación, porque de juzgados se habla hasta ahora muy poquito, han proliferado como la gripe, hasta el punto de que ser actriz de éxito en ese país, no haber sido víctima y no formar parte del movimiento #MeToo, puede convertirte en esquirol.

Resulta difícil entender el buen ojo que parecía tener el señor Weinstein para acosar a las que llegarían a ser famosas actrices de Hollywood. O bien era al contrario y la condición de víctima era una premisa para alcanzar el éxito. Esto plantearía un dilema más serio porque indicaría que cualquiera puede llegar al estrellato teniendo acceso a los resortes adecuados.

En realidad, la estridencia del mundo de Hollywood ante los casos de acoso y abuso sexual destila un sentido de culpa que el mundillo de la farándula cinematográfica pretende silenciar a base de denuncias extemporáneas realizadas con más ruido periodístico que judicial. Un Falcon Crest en el que las víctimas señalan con el dedo, y con la mayor publicidad posible, a los culpables muchos años después de cometida la afrenta y cuando ya están acomodadas en los privilegios que otorga la fama.

Las que guardan silencio, sin embargo, son todas aquellas otras mujeres a las que seguro que muchos Weinstein, y en todos los ámbitos profesionales, han ofrecido fama y fortuna y han declinado la oferta. Hoy no son rutilantes actrices de Hollywood, pero sí podrían formar el movimiento #MeNo.


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