Editorial

El dilema de los pamplinas

Acto de cesión temporal de las instalaciones de Ifema a las Naciones Unidas.

No tiene demasiado sentido que nos gastemos unos 100 millones de euros (el arco está entre 60 y 178 millones) en organizar una, otra, Cumbre del Clima para que los que tienen que hacer algo nos repitan que hay que hacer algo.

En estos días previos y soporíferos a la cita de mañana en Madrid, ya estamos exhaustos de ver a gobernantes, ministros, políticos y líderes de casi todo pelaje poniendo voz de angustia ante un micrófono para decir una y otra vez la chorrada esa de que hay que pasar a la acción, cuando son ellos los encargados de hacerlo.

Y en este cúmulo de despropósitos, falsedades interesadas, medias verdades y lucrativo negocio subvencionado en que se ha convertido la emergencia climática, al show solo le faltaba las tonterías de la niña Greta Thunberg que, según ha revelado The Sunday Times, está logrando pingües beneficios por poner cara de ir por la vida oliendo un limón gracias al generoso apoyo del lobby empresarial dedicado al negocio verde. Aquí el que no corre, vuela.

Y bajo todos estos pamplinas estamos nosotros, que somos los pamplinas que elegimos a los primeros pamplinas. Nosotros somos los que nos solidarizamos con todo, empatizamos con todo y todo nos preocupa. Y ahora toca preocupación por el calentamiento global, al menos esta semana.

Lo realmente interesante, o lamentable tal vez, es que todos sabemos que es mentira. Que el clima nos importa una rábano, que lo de que el hielo de los polos se derrita no es mi problema mientras quede para echarle al gin-tonic y, por encima de todo, aunque nadie quiera reconocerlo, tenemos la esperanza de que cuando suceda la catástrofe climática, si sucede, ya estemos muertos. Y a mis hijos y nietos, que les den.

A ver qué Gobierno le dice al gobernado que no use el coche si realmente no lo necesita. Todo el mundo lo necesita con imperiosa urgencia cuando, si fuésemos consecuentes y solo utilizaran los vehículos quienes realmente lo precisan, el tráfico se reduciría probablemente alrededor de un 60%.

Reducir la contaminación es fácil pero ningún gobernante quiere dejar de serlo por tomar medidas drásticas y necesarias. Esos mismos gobernantes saben que acabar con el uso de combustibles fósiles de modo radical nos arrastraría con toda seguridad a una catástrofe, no climática, pero sí económica y financiera.

La carísima pamplina de luchar contra el cambio climático es tan falsa como el pretender que la gente tenga en su cocina tres o cuatro cubos de basura diferentes para reciclar cuando malvivimos en espacios cada vez más pequeños indefensos ante el precio del metro cuadrado. Menuda estupidez.

Vamos a malgastar otros 100 millones para que los pamplinas de arriba nos digan a los pamplinas de abajo que hay que hacer algo de inmediato para seguir sin hacer nada ante un futuro que, en realidad, seguramente ya no podamos cambiar.


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