Editorial

Malgastando el dinero de otros

Imagen de efectivos de la Guardia Civil desplegados en el País vasco por la celebración del G-7 en Biarritz.

Hemos enviado un barco de guerra para recoger a 15 inmigrantes del Open Arms mientras Interior destina más de 2.500 agentes a la celebración de la reunión del G-7 en Biarritz. Parece claro que, o los españoles somos inmensamente ricos y no nos hemos enterado, o la administración pública solo contrata a aquellos economistas y auditores de probada ineptitud.

Es históricamente cierto que disparar con pólvora del rey sale barato, pero también resulta evidente que la capacidad económica de los ciudadanos para hacer frente a los caprichos irresponsables de los gobernantes se encuentra al borde del colapso. La eterna respuesta de cocer a impuestos a la gente para pagar los constantes y crecientes desatinos no va a funcionar siempre. De hecho, la resiliencia del individuo a los excesos de sus representantes está cada día más próxima a alcanzar ese punto en el que el material, sencillamente, no puede soportar más presión sin fracturarse.

Y en este tema hay que admitir que los políticos de aquí no son los únicos profesionales en quemar el dinero público. Es un mal que se extiende probablemente a todos los países que pueden permitírselo, a pesar de que la prodigalidad que caracteriza a los sucesivos gobiernos españoles supera con creces a la de otros Estados europeos que, por cierto, son bastante más ricos que el nuestro.

Mandar un barco de guerra hasta Italia para recoger a 15 personas no es ni tan siquiera una estupidez, es un insulto a esos millones de españoles que hasta recortan del carro de la compra para poder saciar la creciente voracidad fiscal a las que nos somete un entramado público que, tanto por su densidad como por su creciente despotismo, recuerda cada vez más a los extintos regímenes soviéticos.

De acuerdo con nuestro eterno Gobierno en funciones, era más seguro gastarse unos cuantos millones en mandar un barco para traerse a unos cuantos inmigrantes que hacerlo por avión, en autobús, en tren o por carretera. No obstante, parece poco probable que los que se han jugado la vida en el Mediterráneo para alcanzar esta Europa lo hagan con el objetivo de secuestrar un avión o cualquier otro medio de transporte para terminar muertos o de vuelta a Libia. Es difícil creer que puedan ser tan torpes y no tener cargo público.

Y puestos a malgastar el dinero de otros, lo de organizar un G-7 en una ciudad fronteriza entre Francia y España coincidiendo con la vuelta de las vacaciones y con el retorno de la Operación Paso del Estrecho, es para nota. Siendo benevolentes, cualquier ciudadano de esos a los que les cuesta la misma vida llegar a final de mes, podría llegar a admitir que no es más que otra muestra de ineptitud de los elegidos y de incapacidad nuestra, de los electores, para ejercer ese derecho de modo acertado.

Sin embargo, haría falta un impresionante acto de fe para descartar definitivamente la sospecha de que esa forma de derrochar dinero tiene un objetivo, una finalidad que se nos escapa y que está muy por encima de la falta de sentido común. Porque lo cierto es que el sistema que hemos diseñado para regir nuestras vidas ha sido deliberadamente pensado para no someter al poder a ningún control económico y financiero previo. Y eso no es por casualidad.

Las Cámaras y los varios mecanismos de intervención y auditoría establecidos en el sistema público para evitar los excesos del que detenta el poder, están precisamente diseñados para no impedir esos mismos excesos. Es lo que permite a nuestro presidente en funciones decidir sobre la marcha gastar una fortuna en lo del barco o a los organismos internacionales fundirse un montón de millones en una reunión de fin de semana de los siete grandes. Sobre todo, cuando cualquier hijo de vecino se pregunta por qué no se reúnen virtualmente usando los sistemas digitales de comunicación o se construye un complejo específico, un “reunódromo” oficial de gerifaltes en algún lugar apartado donde no molesten y, sobre todo, donde nosotros, los pringados fiscales, no tengamos que gastarnos una fortuna en policías y en medidas de seguridad. Donald Trump hasta se ha traído su helicóptero desde EEUU.

Tras siglos de déspotas megalómanos, qué poco hemos avanzado.


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