Editorial

364 días libres


Hoy se celebra el Día Internacional de la Destrucción de Armas de Fuego.

Hoy, 9 de julio, se celebra el Día Internacional de la Destrucción de Armas de Fuego, declarado así durante una conferencia específica sobre el tema en 2001. De esta forma nos aproximamos al tope máximo de causas perdidas, que estará en el número de días que tiene el año.

Porque lo cierto es que solo parecen ser dignas de contar con su propio “Día Internacional de…”, aquellos problemas que, año tras año, nos mostramos incapaces de arreglar o, incluso, que empeoran con el tiempo. De hecho, de continuar con este índice de fracasos, llegará un momento en que no tendremos días libres en el año para nuevas causas perdidas y habrá que acumular varias en una sola jornada.

Evidentemente, lo de las armas de fuego no es una excepción, sobre todo en lo que respecta a armas pequeñas y ligeras, cuya imparable proliferación en el comercio ilícito parece incluso animada por la destrucción de todas las que intervienen las autoridades del planeta cada año.

A tenor de las cifras, la destrucción de armas convencionales parece servir como una especie de “obsolescencia programada” que permite la renovación del parque armamentístico; un plan renove en el que el Estado paga por quitar armas ilegales de la calle que son sustituidas por otras nuevas, más modernas y letales por parte de una delincuencia, tanto común como organizada, que se extiende como un virus por todos los continentes.

Basta observar que, a finales de 2017, había aproximadamente 857 millones de armas pequeñas y ligeras en manos de civiles en el mundo. Aparte, 22,7 millones pertenecían a las fuerzas de orden público y otros 133 millones eran para uso militar.

Como vemos, el principal problema de este tipo de armas es que la mayor parte de ellas están distribuidas entre la población civil, tanto legal como ilícitamente, y, a su vez, son utilizadas entre o contra civiles.

En 2016 fueron 251.000 personas las que murieron por herida de arma de fuego y, aunque los más optimistas dicen que ese número se ha ido reduciendo año tras año por el crecimiento de la población mundial, en términos totales supone una escalada imparable desde las 209.000 víctimas de 1990.

A la hora de analizar estas cifras no hay que perder de vista que la naturaleza de los conflictos armados ha ido cambiando desde la guerra de Vietnam y que, a día de hoy, la población civil se ha convertido en un objetivo militar preferente independientemente de lo que digan los tratados internacionales.

La verdad es que matar civiles socava la paciencia de la población asediada y la predispone contra sus propios líderes; aunque aún mejor es herir civiles, porque cuanto más graves sean las heridas, más recursos tendrá que utilizar el enemigo para atenderlos y, por tanto, los restará de su capacidad militar. Estas son verdades absolutas que hoy conoce todo combatiente, y todo gobernante, y cada vez son más los que están dispuestos a emplearlas como estrategia para vencer. Algunos países, ejércitos y grupos intentan hacerlo de forma más sutil, para que no se note demasiado el reguero de cadáveres de civiles inocentes, mientras a otro les importa un rábano tanto su imagen pública como la legalidad internacional.

Según las cifras que maneja la ONU, cada arma corta o ligera utilizada en una zona de conflicto provoca 5 refugiados, y esa es otra forma de castigar al enemigo. Siria ha sido un buen ejemplo de ello y todas las partes que han participado en los combates, incluyendo a las fuerzas occidentales que hemos luchado o colaborado, han utilizado a la población civil como moneda de presión y, llegado el momento, de cambio.

Resultaría más económico, en definitiva, acumular todos los fracasos de la comunidad internacional en un solo día. Algo así como un “Día Internacional de la Inmoralidad”, al menos los otros 364 nos quedarían libres.


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