Editorial

Una apuesta arriesgada

Las miles de personas que se dirigen desde Honduras y El Salvador hacia los Estados Unidos en las llamadas “caravanas de la miseria”, están poniendo al presidente norteamericano entre la espada y la pared, que es justamente la posición menos adecuada en la que se debe colocar a un hombre con el carácter de Trump.

Desde luego y como era previsible, ya ha comenzado el rasgado de vestiduras en gran parte de los medios de comunicación occidentales ante el despliegue militar en la frontera con México ordenado por Washington y, al igual que pasa en nuestro país con las vallas de Ceuta y Melilla, los recursos gráficos simplones de militares desplegando concertinas frente a masas hambrientas de mujeres, ancianos y niños -cuando se trata de sacudir conciencias, los hombres adultos no cuentan- llenan telediarios y periódicos.

Los numerosos migrantes que son entrevistados en  su camino hacia Texas recriminan a los norteamericanos que no les abran las puertas de par en par y, por alguna extraña razón, se atribuyen un derecho absoluto a entrar en cualquier país y asentarse en él, sin más. Su razonamiento es tan sencillo como injusto: nos vamos a la casa del vecino porque es mejor que la nuestra; lo que opine su legítimo propietario no parece importar a nadie.

Y más allá de los argumentos lacrimógenos que son el recurso universal del periodismo acomodado que hemos creado, tampoco parece importar a nadie la responsabilidad de los Estados hacia sus nacionales.

Si a Honduras, El Salvador, Senegal o a cualquier otro país emisor de migración irregular se les están escapando sus nacionales sin que las autoridades de cada uno de ellos hagan nada por impedirlo, la comunidad internacional debería advertir a esos gobernantes sobre sus obligaciones y sugerirles que, si no son capaces de satisfacer las necesidades básicas de sus ciudadanos, busquen a alguien que sepa hacerlo.

Es curioso que toda esa gente que se ha puesto de acuerdo para salir andando hacia Estados Unidos no haya sido capaz de hacer lo mismo para intentar cambiar algo en su propio país. Si pueden plantearle un pulso a la nación más poderosa del planeta es solo porque creen que la Casa Blanca no se atreverá a utilizar la violencia contra ellos cuando llegue el momento, como seguramente harían sus propios gobiernos.

Y efectivamente, probablemente sería así con otro presidente que no fuera Donald Trump.


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