Editorial

Otra organización violenta de tres letras

La radicalización de los independentistas catalanes indica que el problema enfila hacia su recta final, sobre todo después del ultimátum de Quim Torra al presidente Pedro Sánchez, advirtiéndole de que le dejaría caer si no acepta un referéndum de independencia -otro- en el plazo de un mes.

Esta situación tiene su parte buena y su parte mala. La buena es que ya no hay marcha atrás y, dado que Sánchez no puede ceder al chantaje de Torra sin cometer un delito, es el president el que va a tener que recular perdiendo el apoyo del secesionismo más radical, o bien seguir adelante y terminar en la cárcel o en Waterloo con Puigdemont.

La parte mala es la ya manifiesta radicalización de los independentistas agrupados bajo los autodenominados Comités de Defensa de la República, los CDR. Es curioso que gran parte de los grupúsculos violentos estén representados por siglas de tres letras.

Los incidentes de esta semana en Cataluña demuestran que una parte de ese independentismo muestra preocupantes síntomas de radicalización violenta, sin que la Generalitat quiera admitirlo, mientras los Mossos d’Esquadra se han mostrado absolutamente incapaces, de nuevo, de solucionar el problema. Más bien al contrario, su manifiesta falta de competencia facilitó la virulenta escalada de los acontecimientos en Barcelona y Gerona. Y lo que es peor aún, ha insuflado ánimos a los CDR, que se ven ahora marcándole el paso al Govern.

Probablemente será cierto lo que defiende el director de la policía catalana de que no fueron los CDR los responsables de los altercados sino “pequeños grupúsculos violentos”, como aseguró.

Sin embargo, como siempre sucede, los tarados violentos suelen sumarse a organizaciones en las que pueden liarla protegidos bajo el anonimato del colectivo. Sucedió con la kale borroka y el Gobierno central, tanto este como el anterior, están permitiendo que vuelva a suceder.

Al ver las imágenes de televisión, es evidente que, por la juventud de la mayoría de los que participan en las algaradas, en muchos casos estamos ante el habitual rebaño que juega a la revolución.

No obstante, en estos grupos siempre hay un núcleo que ejerce de pastores y otra minoría que se encarga de la violencia organizada.

Es urgente que, dado que los mossos no son de fiar, la Guardia Civil y la Policía Nacional acaben con los CDR antes de que se conviertan en un problema como el que ya tuvimos en el País Vasco. Detener a los pastores y a los violentos es esencial para dispersar el rebaño.

La política de no hacer nada de Pedro Sánchez solo muestra una debilidad institucional que está agravando el problema minuto a minuto. Lo sucedido esta semana lo demuestra.


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